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U E N T E C I T O S I N O C E N T E S Había una vez un rey muy bueno, como lo son todos los F l P A Q T n u An JlCTor 4 de los cuentos y algunos de la Historia. EL PAS 1 OR M I N I S T R O p el rey sufría mucho, como sufren todos los reyes buenos, porque veía que el pueblo lo pasaba mal. Y el pueblo lo pasaba mal porque los ministros no sabían gobernar, y sobre todo, porque el ministro de Hacienda era un ladrón que no pensaba más que en hacer su negocio. El rey, viendo esto, mandó echar pregones en busca de un hombre honrado para nombrarle ministro de Hacienda. Trabajillo c o s t ó encontrarle, p o r q u e los que so ofrecían á ello no eran honrados, y los que eran hon; rados no querían s e r mi 1 nistros. Pero al fin se encontró un y pastor que estaba apacentando sus carneros y tocando la churumbela. El cual f consintió en ser ministro de Hacienda, porque no sabía lo que era eso. Y lo fué, y administró hon, f radamente, y el pueblo cotn menzó á estar mejor, y el i rey contentísimo con el pas -Bt tor ministro. Pero el pastor se aburría mucho siendo ministro, y pasaba muchas fatigas y malos ratos, y los envidiosos le daban muchos disgustos. Sólo se le veía la cara ale gre cuando se encerraba en un cuarto que daba á los jardines de palacio, lo cual hacía siempre que le era posible. Por esto, los envidiosos le dijeron al rey que en aquella habitación guardaba el pastor ministro Ips tesoros que estaba robando al mismo rey y al pueblo. El rey, aunque no creía tal calumnia, fué secretamente á ver 1 lo que hacía el pastor allí encerrado. Abrió la puerta con una llave falsa que había mandado hacer, y cuál no sería su sorpre sa al ver que el ministro estaba sentado en el quicio de la ventana, mirando al jardín y tocando la churumbela como cuando era pastor. Además, en el cuarto no había caja, ni arca, ni mesa, ni nada donde guardar dinero. Entonces el rey, conmovido, abrazó á sn ministro y le contó lo que le habían acumulado, añadiendo que le pidiera lo que quisiese. -Señor- -dijo el ministro, enseñando la churumbela que tañía- -estos son mis tesoros; y si vuestra majestad quiere que le pida algo importante, le pediré volverme con mis ovejas, y no ser ministro ni un minuto más, para no aguantar más envidias ni caltimnias. -Esa- -le contestó el rey- -es la única cosa que no puedo yo concederte, pues probada tu honradez, no tienes más remedio que seguir siendo ministro, que quieras que no. Al oír esto, el pobre pastor tiró la churumbela y se puso á llorar amargamente, considerando que á los hombres honrados les toca siempre fastidiarse por los que no lo son. C i í. t V. f Míñí DIBUJO DE GTínERT