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EL PALACIO DE LAS BRUJAS iiorir. xDO i lo largo de una callejuela estrecha y tortuosa, se llegaba á una plaza en cuyo suelo crecía la liierba. A la derecha se alzaba el muro de un convento con huecos tan estrechos como aspilleras, defendidos por tupidas rejas erizadas de puntas de hierro. A la izquierda se extendía el atrio de una iglesia, cerrado por gruesas cadenas pendientes de macizos pilares de granito. El fondo lo cerraba el Palacio de las ÍBrujas. Tenía la fachada de este palacio el color de cobre que adquiere con los siglos la piedra blanca de Castilla; la puerta, de recia madera de roble, adornada de hierros y clavos viejos y mohosos; sobre el medio punto de la portada, y bajo el suelo de un balcón volado y medio hundido, un escudo con los blasones carcomidos por la lepra del tiempo; cuatro balcones de antepechos de piedra, primorosamente calados; cuatro medallones ovalados que, respectivamente, contenían los perfiles de un obispo, de un caballero, de una dama y de un fraile, lacerados y carcomidos como los blasones del escudo; en lo alto una fila de piedras movidas de su aplomo y sacadas de su nivel, labradas en el más puro estilo plateresco, sosteniendo el alero del tejado que se desmoronaba, y dos gárgolas, una á cada lado, á punto de caer con sus fauces abiertas sobre el pavimento de la plaza. Ni un cristal sostenían los plomos desprendidos de las vidrieras; las maderas de los balcones estaban agrietadas las unas, desencajadas de sus marcos otras, desprendidas de sus huecos todas. A las altas horas de las noches de luna chirriaban las herrumbrosas fallebas de balcones y ventanas, y asomaban sobre balaustradas y alféizares caras achatadas, rostros arrugados, hocicos contraídos en gesto de permanente succión, semblantes cuyas narices, pómulos y barbillas de las formas más caprichosas presentaban las combinaciones más horribles. Si la noche era tempestuosa ó caía la nieve, tendiendo blanco y tupido velo sobre casas y campos, brotaba de todas las grietas y agujeros de la techumbre del palacio un vaho ceniciento, que se balanceaba unos instantes movido por el huracán, y se desgarraba luego en mil pedazos angulosos, que emprendían trémula y vertiginosa carrera por los aires; eran las brujas habitantes del palacio abandonado que iban á sus desenfrenados aquelarres. t i n a de las noches que el escuadrón de brujas, ya en el espacio, se disponía á emprenderla caminata, vieron algo extraordinario que las sobrecogió. El cielo estrellado estaba en la tierra. El suelo aparecía sembrado de puntos luminosos que titilaban; entre ellos, grandes globos lanzaban torresites de luz azulada, como si la luna al caer sobre el pavimento de la ciudad se hubiese disgregado en discos luminosos que yacieran esparcidos. Las nubes parecían más negras ytorriientosas que nunca. Las brujas estrecharon sus filas; un estremecimiento de pánico corrió por todos sus cuerpos, y movidas por el mismo sentimiento de terror emprendieron vertiginosa fuga. Pronto perdieron de vista aquel pedazo de suelo estrellado, cruzaron casi á ras de tierra campos yermos y llegaron á la falda de un monte cuya cima nevada se perdía en el seno de negros nubarrones. Allí se posó la bandada de brujas. Pocos momentos después un lamento lejano y prolongado ra. sgó los aires. ISTuevo terror hizo estreíuecer á las brujas, y puestas en pie, miraron hacia el lado de donde el lamento había vibrado. Un monstruo negro, empenachado, de humo rojizo, con fauces de fuego qu. e resollaban acompasada y vi-