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jardín, donde afluían varios senderos y formaban una plazoleta cercada por alelíes, claveles y rosales, paróse el señorito, y desde allí miró amorosamente, al pie de la colina, la casa labriega, guardadora de pasados apacibles, ü u a s palomas que anidaban en los aleros, ponían entonces sobre el tejado renegrido y musgoso la mancha blanca de sus plumajes. Algunas revoloteaban un momento sobre el crepúsculo y tornaban á poco á posarse en la vieja techumbre. Todas aquella. s visiones iban tendiendo en el alma del señorito velos de olvido, de serenidad y de melancolía. Volvió á subir huerta arriba, en tenue pendiente, acompañado de los caseros, que no daban paz á su charla de entonaciones cariciosas. Pasaron bajo los pomares, retorcidos y chaparros; bajo los perale, más gallardos y erguidos; bajo los cerezos, de hojas gráciles y largas. Por el muro de la izquierza, según subían, agitaba sus hojas, como saludando, la parra, la vieja amiga, con su tronco acartonado, seco y sarmentoso, y sus pámpanos en espiral como canas en bucle. Kn la cumbre de la loma daba fin al huerto un paredón, guarnecido en lo alto con vidrios y cascos de botellas por temor á ladrones, y cubierto todo él, por la parte de adentro, con el tapiz lustroso y compacto de una espalera de melocotones. Al encontrarse el señorito frente á ella, quedóse suspenso y fuera de sí. Como el crepúsculo se reflejaba en el bruñido dorso de las hojas, adquiría el verde transparencias de cristal ó agua, y en algunos sitios la mancha del fruto aparecía de oro y seda roía, en todo semejante á aquella adorada cabecita rubia y libre de amantes cavilaciones entrevista en la ciudad bajo la espesura del parque. La aureola de suave vello que la sabrosa fruta tenia, nombróle asimismo aquel delicadísimo y vaporoso pkmión que vagaba sobre la piel de la niña, dibujándole un doble perfil luminoso cuando se colocaba contra luz. Levantóse de reoente en el corazón del mozo, con nuevo ímpetu, viento de tristeza y amargura. Véase por dónde la Naturaleza, por la simple vista de unos melocotones, dio al traste con la obra de paz y olvido por ella comenzados. Hay almas donde no brotan versos si no es con cultivo de dolores, v de é. stas era la de nuestro poeta. Envuelto en la augusta serenidad de la tarde y del campo, frente por frente de la espalera ciue tan á deshora le despertaba tristes recuerdos, pensó destilar sus pesadumbres en versos bellos, pero quejumbrosos, con lo cual se metió niá en sí mismo, quedándose meditabundo laigo rato. Los caseros que tal miraron, dijéroide a la par pensando distraerlo: -Guapa estala cspaliera este año señorito Apruebe, apruebe un piesco y verá que e una bendición de Dios. Alargó su mano el marido, y arrancando un fruto de la rama se lo entregó al señorito. Llovósclo éste maquinahuente á la boca, paladeólo, y cuando lo dio fin comió otro, j otro, 3- otros más, y vio que eran buenos. Aniedida cpie gustaba los sazonados frutos, paiecía que el cuerpo se le llenaba de frescuta fragante y de dulce hartazgo. Disipóse de nuc o su tristeza, y el buen sentido, en lo hondo del espíritu, le dijo que no era tan triste la vida habiendo melocotones, y el amargor de los amores frustrados compensábase cumplidamente con la dulcedumbre, mezclada de agrio dejo, de los aterciopelados frutos. También una voz misteriosa se le metió por las entendederas del alma para asegurarle que todos los versos del mundo no valían el deleite de aquellos globos de oro y fuego gustados cuando la noche cae sobre la aldea encalmada De donde se deduce que esto podría titular se: De cómo Fulanito halló el sentido de- u vida comiendo unos melocotones de espalera R. iiióx PÉREZ DE AYAL V