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Clones; y cuando sus ojos embebecidos se deleitaban con tan regalada hermosura, atinó á ver, por entre un hueco del ramaje, una mancha dorada y rojiza como de fruto en sazón, suave para los ojos y dulce para el alma. Aquel divino fruto de oro y seda rosa, inquieto cual si estuviera pronto á desprenderse del árbol, mostraba su blanca pulpa por una herida roja de donde manaban gotas de aromada miel, que prontamente se difundían en el aire como femenino reir. Quizás se me tache de conceptuoso y redicho, pero todas estas lindezas y otras más de que no hago mención pasaron por el majín del enamorado mozo- -del cual dicho está que era poeta- -al mirar á su amada á través de las hojas de un árbol. Y paladeando en lo interior su caudal de tropos, metáforas y desdenes, aquella misma tarde mandó ensillar su caballo y partió para la aldea, dispuesto á olvidar sus desventuras con la paz campesina. Cuando llegó á su casa c a í a l a tarde. Un majestuoso estremecimiento vespertino pasaba sobre la tierra, como si la rozase un ángel con sus alas de pureza y sosiego. Detrás de un monte adivinábase apenas un cantar aldeano que manaba como hilo de agua transparente. El pobre mozo sintió arrasarse en lágrimas sus ojos, y cruzó los brazos sobre el pecho. I, a casera lo recibió agasajándole con júbilo humilde. Llamó á grandes voces á su marido, y entre los dos ayiidarojí al señorito a b a j a r del caballo, ofreciéronle leche, boirbha, colmáronle de preguntas, en tanto- le conducían á través del portalón cubierto de cucho, de niños y dega. llinas, hasta la huerta, donde encarecieron la abundancia, hermosura y buen olor de las flores, la lozanía de las berzas y repollos y la cosecha de los frutales. La huerta estaba tendida en una loma, á partir de la casuca construida en la falda, con su alegre corredor saledizo de color zarco, con jalbegue los muros, y el zócalo de almagre. En un rellano del