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Y ved aquí nna cosa que se lian callado los trovadores y los poetas y los historiadores y los cronistas: el rey Pepino el j 3 reve era íeliz con su esposa, y no la hubiera cambiado por otra alguna. Así iban las cosas, cuando quién os dice que á la reina Blancaflor le entran ganas de vei á su hija; porque la reina Blancaflor se había quedado viuda del rey Flores, y todos sabéis que las viudas suelen ser amigas de correr mucho y curiosas por demás. Marchó, pues, la reina Blancaflor á Francia, y en el camino iba oyendo maldiciones y ultrajes sin cuento dirigidas á la reina de Francia, á quien las gentes del pueblo denostaban por avarienta, cruel y egoísta. Pero como la reina Blancaflor era vieja, pensó que tal vez de ella dirían lo mismo los húngaros, siendo así que, en realidad, era una señora buenísima, amiga tan sólo de allegar riquezas para esplendor de su corte y palacio, no excesivamente blanda de corazón para las bellaquerías de sus vasallos y muy deseosa de conservar sus preeminencias y prerrogativas. -A esto- -pensó la reina viuda- -es á lo que el pueblo suele llamar avaricia, crueldad y egoísmo. Llegó, pues, á París, y se asombró de que su hija no saliera á recibirla en triunfo, ni acompañase á su marido el rey Pepino el Breve, cj ue, con toda la cortesía posible, hizo el acatamiento á su suegra. Entró, por fin, la reina Blancaflor en palacio, y encontró á la falsa reina Berta metida en la cama, y vio que no recibía á su madre, como es corriente y natural. -Mucho ha cambiado mi hija, -siguió diciendo para si, con mucha tristeza en el corazón, la reina Blancaflor. Y acercándose más al lecho, y mirando cara á cara á la esposa de Pepino, como las madres no se engañan, conoció la superchería, que al punto quedó confirmada cuando le descubrieron los pies y vieron que los tenía iguales, como dos corderos mellizos ó como dos florines salidos del mismo troquel. Ya sabéis que Pepino el Breve mandó buscar á la verdadera Berta, y que sus emisarios recorrieron toda Francia sin resultado, hasta que el mismo rey, cazando por distraerse en la selva del Mans, dio con las huellas de dos pies que parecían de niña, pero, no obstante, uno bastante más grande que otro; y guiado por una luz misteriosa, corrió á la cabana del buen hombre Simón el guardabosque, donde se le apareció, rodeada de luciente y fulgurante aureola, como apareció Margarita al doctor Fausto, la hermosísima Berta, hilando siempre en su rueca de álamo negro, con los brazos desnudos y la falda corta, V los dos pies descalzos, muy bellos, pero desiguales. Sabéis que la impostora Alista y su madre Margista fueron despedazadas y quemadas, que no con menos se contentó la terrible suegra, que en sus años verdes había sido la tierna y sensible Blancaflor; que Berta, la del gran pie, fué esposa de Pepino el Breve y madre de cinco hijos, el mayor de los cuales fué el gran emperador Carlomagno. Lo que tío sabéis, y es lo nuevo que voy á deciros, es que el rej Pepino el Breve, á quien llamaban así por lo corto de su estatura, no fué feliz con la Berta verdadera y echó mucho de menos á la falsa, la cual se había hecho una señorita fina y de regios modales, mientras que Berta la del gran pie, con ocho años de estancia en la choza del buen hombre Simón el guardabosque, había olvidado toda su educación principesca, no sabía y a leer ni hacer otra cosa que hilar en su rueca de álamo negro, y dicho sea con perdón, tiraba cada coz que dejaba atónitos al rey V á los cortesanos. LEM. 4: GASTÓN PARÍS (NÚMERO 23 DE NUESTRO CONCURSO DE CUEÍiTOS FANTÁSTICOS) B. UORRKI. IEVES DE COULI. AUT VAl. ERA