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Y diciendo esto con voz honda y emocionada, alejóse bruscamente el Vitola de la ventana de Trini la Chiripera. II- -A las cuatro te espero aluego en mi casa pa que platiquemos de argo de tu gusto, -habíale dicho al Vitola aquella mañana el señor Frasquito el Chiripero, y las cuatro acaoaban de sonar cuando penetraba aquél en el patio de la casa que éste habitaba en la callg de los Claveles. En mangas de camisa, repantigado en un viejo sillón de brazos, á la sombra de la parra cubierta de pámpanos y racimos, que formaba un á modo de dosel al patio, estaba el señor Frasquito cuando llegó j u n t o á él Pepe Vitola, en cuyo semblante no aparecía destello alguno del tempestuoso centelleo de su alma. -Pos di tú que tiés un cronómetro en cá poro; ¡vaya si eres puntual! -díjole el viejo sonriéndoie bondadosamente. Pepe encogióse de hombros y sentóse en una de las sillas allí colocadas, exclamando con acento casi jovial: -Ya sabe usté que cuando usté manda, yo soy el más obediente de los nacíos. -Yo no mando, hombre, yo no nando; pero ya sabes tú que yo á ti te quiero como á cosita propia y que no hago más que pagar, porque tu probé padre fué pa mí más que ün hermano, y... Trini, hija, harme el fa K) r üe traernos una miajita de argo con que refresquemos. Y esto lo riijo el señor Francisco al ver á su hija cruzar por el extremo del patio. Y momentos después colocaba Trini junto á su padre una pequeña mesa de pino limpísima, y sobre ésta una botella de aguardiente, dos copas y una jarra, al través de cuyo barro filtrábase el agua en cristalino goteo. Pepe, tras seguir con la vista á Trini y verla ocultarse tras una puerta no visible para el Chiripero, díjole á éste con acento reposado: ¿Y de qué, de qué tenía usted que hablarme, señor Paco? Este llenó con pulso firme ambas copas, cogió una, la acercó á sus labios, y tras olería con voluptuosa parsimonia, la apuró de un sorbo, castañeteando la lengua después y diciéndole al Vitola: -Bebe; no hay ná que refresque como ésto; con una botella de ésto en canícula y en Berbería me río yo jasta del limón granizao. Pepe bebió la copa, no sin tener que recurrir rápidamente á la jarra y exclamar tras apurarla mitad de su contenido: -Cámara, haberme dicho que quería usté asesinarme, señor Francisco.