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ba Chiripera I I A noche era apacible y lu miñosa, y la luna inva k adíc. con sus claridades la calle del Cristo, por la que nadie transitaba, cuando Pepe Vitola, tré raulo y con la respiración anhelante, acercóse á la reja de Trini la Chiripera. -Asín me gustan á mí los hombres, ¡puntuales! -exclamó ésta asomando á la reja su cabeza de pelo negrísimo y rizoso, su semblante atezado, de ojos rasgados y ardientes, boca purpurina y agitanado perfil, y su arrogante busto, que contorneaba un pañuelo encarnado de crespón y de larguísimos ñecos. -ííaturalmente! ¿No iba á ser puntual, siendo como es la que me citaba la madre de los Pastores- exclamó Pepe con acento emocionado. -Naturalmente; pero en fin, dejemos las ramas y vamos al tronco; es decir, á explicarte por qué yo te he suplicao que vengas esta noche y á estas horas. -Pa ná que me siente bien, seguramente. -Quizás tengas razón; pero si me estimas como creo, me vas á hacer el favor que te voy á pedir. ¿Lo que tú rile vas á peir? Píe lo que quieras, que como no sea la una ó algunos de sus satélites... ¿Me das tu palabra de hombre de concederme lo que yo te pía, por el amor de Dios y de su Santísima Madre? ¡Mi palabra de hombre! -exclamó el Vitola con tal acento de convicción, que díjole Trini con expresión agradecida: -Ya sabía yo que eras tú un hombre de cuerpo entero. -Muchas gracias; pero cuando tanto me elogias, mucho me va á doler el zumbió. -Una miaja na más, porque es solamente que te voy á llevar la contraria en uno de tus caprichos. -Me estás poniendo en cudiao, y por los ojos de tu cara te pío que acabes de darme la puñalá, y que no tantees tanto el sitio en donde piensas pegármela. -Cá, si no es puñalá; si lo que te voy á peir es que cuando mi padre te hable mañana de m. í y te ponga la mesa, que te la piensa poner, tú digas que no tiés ganas de abrir la boca, y que le agradeces el favor, y que tan amigos como antes. Pepe, oyendo á Trini, habíase puesto densamente pálido, y cuando aquélla hubo concluido, preguntóle con voz incierta y angustiada: ¿Pero qué es lo que estás diciendo, Trini? Mira que no te entiendo... ni te quiero entender... -Pos di tú, hijo mío, que necesitas tres cucharas pa un caldisopa; mira, Pepe: tú, por no saber en qué matar el tiempo que te sobra, lo empleas en pasearme la calle, en visitar mi casa más que un cura su parroquia, en alargar el moco y en ahuecar la pluma; y como quiera que mi padre te quiere más que á la hija de sus entrañas, me cogió ayer, y encampanando la voz y alargando el perfil, me dijo que era menester que dejara de hacerme presona contigo, que á ti no te llevan bajo palio las gentes porque no se han enterao entoavía que eres tú el que le sigue en categoría al Espíritu Santo; que mañana te llamará y que te tirará de la lengua jasta que cantes tus quereles jasta por siguirillas gitanas, y que era preciso que yo dijera á tó que sí; y como yo no estoy por casorios; y como quiera que yo á mi padre no quiero llevarle el pulso; y como yo á ti no te quiero más que como á un buen amigo... pos ¡velay tú! te he citao esta noche pa que cuando mañana mi viejo te ponga cubiertos y manteles, le digas que naimi, que naranjas chinas, y que entoavía es mu trempano pa que toquemos á diana; ¿tú te enteras? A Pepe Vitola habíasele ido demudando el rostro oyendo á Trini, y cuando ésta hubo concluido, exclamó con acento sordo y tristísimo: ¿Pero tú sabes lo que me píes, Trini? Tú no sabes que yo, porque fueras mía un minuto, na más que un iriinuto, me bebería la mar de un trago y llegaría al sol de un brinco; tú no sabes que p a mí el mundo es mundo na más que porque tú lo pisas con tus pies, y lo alumbras con los ojos de tu cara, y lo alegras con tu voz, y lo perfumas con tu boca; tú no sabes que yo sin ti no quiero la vía pa ná; tú no sabes... -Lo que yo sé es que tú me has empeñao tu palabra de hombre de que harás lo que yo te diga, exclamó Trini con acento brusco é implacable. ¡Está bien! -dijo Pepe tras algunos instantes de angustioso silencio. -Está bien, Trini; mal corazón se necesita tener pa peirme lo que tú me píes; pero yo te he dao mi palabra, y yo te juro que sabré curaplirla, me cueste lo que me cueste.