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interesante y difícil del fragmento el nombre de célebre Melampo, hijode Amitheon y de Idomene. Melampo? ¿Por qué lo habría puesto allí Xenópha- I Uego, sigilosa, volvió á deslizarse á su agujero. nes? Tales pensamientos revolvía en su meollo el Un leve airecillo fresco se levantó antes de amasabio ochentón, cuando halagado por la tibieza necer. Despertó el sabio con algo de escalofrío. del ambiente y cansado de la fatigosa labor de Las ranas y los sapos y los grillos habían callado, todo un día dejó caer la venerable cabeza sobre el pero comenzaban á cantar las aves. abierto ejemplar del Diccionario de Suidas que Al oir sus cantos, inmensa alegría inundó su petenía en su bufete. cho de octogenario. ¡Oh maravilla, oh prodigioso Razón tenía para dormirse, El día había sido de y nunca visto caso! ¡Entendía el cantar de las aves! los más calurosos de Agosto. La noche había co- ¡Oh inefable y nunca oída poesía la de la alondra menzado sin que el bochorno cediese. En torno matinal, qué suavísimos conceptos encierras! de la casita del sabio, que estaba en las afueras Saltaba y bailaba de gozo el anciano. Salió al del pueblo, se extendía, como un concierto en el jardín, abrió la puertecilla, corrió al campo. Al silencio de la noche, el canto de las ranas, de los paso tardo de los bueyes venía una carreta cargagrillos, topos y de los sapos. El sabio había abierto da de mies. Mugían entre sí los bueyes. ¡También la ventana. Al hacerlo, recordó lo que tantas veces los entendía el sabio! Y fuera de sí, loco de alegría, le advirtiera su anciana sirviente: -No abra el se- saludó al carretero, habiéndole en griego: a rfíñor la ventana sin precaución; mire que hay mu- Eitni Melampos: buenos días; alégrate, que soy Mechos bicharracos venenosos entre las enredaderas. lampo. -El carretero meneó la cabeza; era opinión- ¡Bah! aprensiones de esa vieja ignorante- -general entre los carreteros que el sabio aquél era pensó el sabio. ¿Quién es capaz de librarse de un tonto tantos bichos venenosos comio hay en el mundo? Pero nada, nada; el sabio entendía á las aves, á- -Y sin pensar se acordó de cierto doctorcillo los bueyes, álos asnos; se persuadía de la bondad pedante que le había pegado un palo en los Anales de sus almas, de la pureza de sus sentimientos, de de Filología clásica de las Univei- sidades rhenanas, soste- claridad de sus inteligencias, y el habla humala niendo que SU traducción de Citatro mtevas fábulas na le sonaba á rebuznos, y los conceptos que re- milesias descubiertas en tm papiro de Anfipob s e r a una versión incompletísima y errónea en muchos puntos... Durmióse, pues, el sabio. La lámpara reflejaba en su calva erudita. De pronto, sin que él lo sintiera, sucedió lo que la vieja ignorante había previsto. Una sierpe chiquita se deslizó desde las enredaderas al alféizar de la ventana, y desde allí á la mesa del sabio. Trepó sobre el Diccionario de Suidas rozó la bata del durmiente, y sacando la lengua bífida se la introdujo por largo rato en el oído izquierdo, haciendo exactamente lo mismo que en los tiempos mitológicos hizo otra sierpe con el DIBUJOS D Í MIÍ. N- DEZ BRI fGA cordaba, hasta los de su adorado Platón, le parecían mugidos. Y tanto fué así, que desde entonces el sabio no volvió á consultar un libro ni á escribir una línea. Y así vivió otros diez años dedicado exclusivamente á interpretar los pensamientos y sensaciones de los animales. Y fué tan feliz, que no creyó á los hombres merecedores de saber tal ciencia, y se llevó su secreto al otro mundo. LEMA: APOLONIO DK T I A N A (N Ú M E R O 22 OE NUESTRO CONCURÍ: O I H C JEVr í- í l- T -r i 0 0 S