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AQUELLA no- che el sabio se quedó profundamente d o r m i do interpretando un n u e v o fragmento del poema de X e n ó p h a n e s de Colofón. Era un t e x t o que se había hallado e n t r e las ruinas de una casucha o l v i d a d a no lejos de Egina. Encontráronse, c a v a n d o en los cimientos de la casa, dos fragmentos de estatuas de Isis, modelados en mármol n e g r o de c a r á c t e r marcadamente arcaico, algunas monedas b a s t a n t e raras con galeas en el anverso, y en el reverso toros alados, y un g r a n pedazo d e mármol donde en letras r e h u n d i d a s algún filósofo ó simplemente algún a f i c i o n a d o rico había hecho grabar los trozos que le eran favoritos del poema cosmogónico- metafísico de Xenóphanes. Entre aquellos fragmentos había dos absolutamente n u e v o s del más alto interés, porque revelaban p r o f u n d a s diferencias e n t r e el pensar de Xenóphanes y el de Parniénides de Elea y resolvían una porción de cuestiones que apenas había dejado indicadas el maestro Ritter en sus estudios acerca de la escuela eleática. Como quiera que fuese, los versos de Xenóphanes resultaban bastante enrevesados y laberínticos para que no fuese necesaria, á más de una traducción adpedem liUerie, una interpretación filológica que pudiera servir de base para la explicación ó exégesis filosófica. El sabio era ya bastante viejo. Nacido para el estudio, podía decirse que setenta inviernos le habían visto inclinado sobre los infolios, traduciendo, comentando, poniendo escolios, apostillas, siempre con ardor juvenil, como si fuese un eterno estudiante, como si hallase en los manuscritos, en las inscripciones, la fuerza para seguir viviendo. ¡Oh! pensaba en sus solitarias noches: la lucha era larga, corto el tiempo, cada día iban apareciendo pedacitos inconexos y al parecer insignificantes de aquella espléndida vestidura d é l a antigüedad. Improba labor era recogerlos, limpiarlos, zurcirlos unos con otros. Poquísimo representaba la labor por él realizada en tantos, tantos años: era, pues, necesario no dormirse, no cejar un punto en el afán de reconstruir el preciado tesoro. Por eso el sabio se pasaba las noches de claro en claro, habiendo c o n s e r v a d o gracias á la Prov i d e n c i a (á esa Providencia que es tan fiel amiga de los arqueólogos y les hace vivir hasta ochen ta, ha. sta cien año. s) la claridad y agudeza de la visión. Por eso también al anochecer cenaba y mandaba a c o s t a r s e á su vieja sirviente y se quedaba solo en su despacho, que daba al jardín, sin más compañía que el ronrrón del gato junto á la chimenea, los saltos y picotazos que de vez en cuando daba en su jaula el negro m i r l o y el manso ruido que hacían bajo la espesa c o r t i n a de enredaderas que tapizaba todo el muro de la casita y formaba cerco á la ventana, tantos y tantos animaluchos c o m o debían vivir entre el follaje polv o r i e n t o y anciano. Aquella noche, no obstante, el sabio, por primera vez en su vida, se quedó dormido. Guiado su pensamiento por unas palabras del texto referentes á la ingratitud y soberbia de los hombres, se había ido apartando poco á poco de la letra, y lo que comenzó por versión literal de los conceptos, trocábase á ojos vistas en interpretación libre. Los hombres- -venía á decir el filósofo y poeta griego- -son ingratos y soberbios consigo mismo, porque no toman ejemplo de los animales; ved- -añadía- -el buey de astada y vellosa frente que arrastra el corvo arado, cómo no desprecia al buey viejo, de cola pelada y flácida, que ya sólo sirve para el matadero. Si pudiéramos penetrar en el pensamiento (gnosis) de los animales, veríamos qué igualdad tan perfecta es la que para ellos existe entre todos los pertenecientes á una especie (genos. Tal es, al menos, la creencia general entre los verdaderos filósofos... Al llegar aquí, el texto del poema aparecía muy borroso y el sabio solamente veía clara una palabra, si bien era cierto que la palabra tenía para él una significación luminosa y peregrina: era el nombre de MELAMPOS, el famoso médico y mago, hijo de Amitheon y de Idomene. ¿Por qué aparecía precisamente en la parte más