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ivULxmvíOE- E KJL A Eusebia puso en el suelo á su nieto- -un cabezota patirraco y enclenque, que se tambaleó como un tentetieso sobre sus piernecillas de alambre; -en seguida, ciega de cólera, crispó los puños amenazadores y se encaró con la portera del i8. ¿Qué es lo que usted ha dicho... -La verdad. ¿La verdad... ¡Pues toma verdad! Y antes de que el grupo de vecinas pudiese evitar el choque, la Eusebia cayó sobre la portera, que la esperaba prevenida como un gato en acecho. Las dos combatientes asidas alumbradas por la tibia luz del sol en su ocaso, parecían dos furias dantescas, vomitando injurias y excitadas por las comadres. Los balcones se abrían de golpe; j a l e a b a n alegres los chicos á las dos valientes; por las puertas asomaban vecinos, avisados por el estrépito; los h o m b r e s complacientes y pasivos, sonreían ante el bullicioso espectáculo... y en un momento la calle de uno á otro extremo quedó c o n v e r t i d a en extenso patio de un manicomio. Entret a n t o el nietecillo desmirriado contemplaba con ojos de i n c o n s ciencia estúpida la bronca más fenomenal. que se recuerda en el barrio de las Vistillas. -Puz tié razón la Uzebia, -dijo una flamencota andaluza, con descompuesto manoteo, á otra vecina de espectáculo. ¿Razón... ¿Pero usted tiene ojos? -Y mejorez que uzté; ¡á la vizta eztán! -Los tendrá usted turbios, como la lengua... jQué ascoi Y nueva cachetina hizo subir de punto el clamoreo de las mujeres y el alborozo de los chicos. Todo mundo gritaba allí. El marido de la an 1 daluza, al ver que su cónyuge llevaba la peor parte, trató de separarlas; pero Toribio- -un carbonero más inflamable que su mercancía- -le agarró entonces por el pescuezo y los dos hombres se enredaron brutalmente á puñetazos. Las gentes corrieron asustadas; cerráronse con apresuramiento muchas tiendas, y cuando las voces de ¡auxilio! llevaban el pánico á toda la extensa barriada, dos guardias del Orden aparecieron por una bocacalle, sable en mano. ¡Guardias! ¡Guardias! ¡Alto! -gritaban éstos, sin determinarse á penetrar en el revuelto Campo de Agramante. ¡Socorro! Dale firme! Alto! ¡alto! -continuaban gritando desde lejos los aturdidos guardias, hasta que uno de ellos, atusándose decidido los mostachos, entró en el corro con formidables arrestos. 1 El otro corrió tras su compañero y lograron al fin pacificar entre ambos á los contendientes. Ya era hora: la Eusebia tenía la cara como un primoroso dibujo topográfico, y sus blancos, venerables cabellos parecían enmarañados hilos de una red; la portera del i8 había salido de la ludia con el ojo izquierdo cárdeno y prominente como una berenjena; la andaluza padeció una morrocotuda azotaina en salva sea la parte, que había quedado al descubierto, según gravemente afirmaban varios testigos p r e s e n c i a l e s Cuando la pareja vio que la calma comenzaba á aquietar los ánimos, trató d e i n q u i r i r las causas. ¿Qué- ha- ocurridu? ¿Quién ha sido el autor? -Pues yo se lo contaré á ustedes- -dijo el carbonero, limpiándose la tinta que materialmente sudaba después del ajetreo. -Eze lez c o n t a r á á uztedez lo que quiera- -interrumpió la andaluza; -pero la verdad ez que la zeñá LTzebia... ¡A callar todu Cristu! Vamus á la Delegación, y allí se aclarará estu... ¡Ya lo creo que se aclarará! -e x c l a m ó la V i ej a cargando otra vez con su nieto canijo. -Prontito. ¿C r e e n ustedes q u e yo no sé hablar delante del delegado... Y delante de Alfonso X I I I hablo yo. Vamos... pero ésta también, ¿eh? -Todu el mundu... ¡andandu! Y eu manifestación pintoresca y ruidosa, seguidos por el vecindario, emprendieron el desfile entre los agentes del Orden, que rompían la marcha, orgullosos y dignos como dos héroes de leyenda. Al anochecer, cuando la Eusebia se lavaba los arañazos en su cuchitril, y el nietecillo, como un sapo inquieto, se revolcaba sobre las mugrientas baldosas, llegó el padre. Con insólito y visible disgusto se sentó en una silla, junto al fogón, y preguntó á la vieja, que se alisaba con los dedos las blancas greñas destrenzadas: ¿Qué ha ocurrido, madre... Pilla se encogió de hombros, esquivando la respuesta, y dirigió por la ventana del chiscón una mirada llena de encendidos rencores. -Ya sé que ha habido bronca, y que fué usted quien la armó... Pero ¿por qué ha sido? ¿Qué es lo que dijo esa grandísima... Entonces á la Eusebia se le llenaron los ojos de lágrimas; extendió los brazos hacia el patirraco nietezuelo, que apenas se sostenía sobre sus patitas torcidas, y agarrando amorosamente aquella cabeza de monstruo, sombreada por dos orejas enormes y extendidas como las alas del murciélago, exclamó con extremada ternura: ¡Miá que haber dicho que este ángel tié raqui tis... y paece un sol! L U I S GONZÁLEZ GIL