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él representar con caracteres altivos ó con unción mística la majestad, la grandeza, la divinidad: el poder de la tierra y el poder del cielo. Y era á veces un bandido, un estafador, un tramposo, un borracho. Y la sociedad contemporánea que lo sabía, restaba de sus méritos tales deméritos; y la gente que se acercaba con arrobamiento á sus obras, huía con miedo ó con asco del hombre. Aquel orador fué el ídolo de su patria, el rayo de las revoluciones, el espanto de los déspotas, el mejor general de los ejércitos. Encendiendo con sus arengas inflaniadoras el valor de los soldados, su voz valía más que el tronar de cien cañones. Conmovía y agitaba á su antojo a l a s turbas. El las levantaba en tormenta rugidora, como el soplo del huracán encrespa los mares, y él las sosegaba de improviso, como la presencia del águila hace callar el alborotado vocerío de los pájaros en el bosque. Derribó instituciones, cambió leyes, refrenó anarquías. Lo era todo, lo podía todo en su pueblo sometido, absorto y hechizado ante la magia de la elocuencia. Pero solía venderla al mejor postor y al provecho de las circunstancias. Su elocuencia no era vocación de artista, sino oficio de especulador con la palabra por instrumento. No sentía la elocuencia como un apóstol; la profesaba como un abogado de buenas y malas causas, que así defiende al criminal abominable como al inocente perseguido. Y la sociedad contemporánea, que no hallaba al varón bueno que ha de vivir detrás del orador para su prestigio y garantía, le admiraba sin estimarle y le seguía sin quererle. Murieron aquellos gigantes. Murieron los coetáneos, los que conocían las intimidades, los que nriraban de cerca, los que veían claramente la mancha negra, la resquebrajadura tosca. Vino la nueva generación. Fueron borrándose los rasti- os fangosos, apagándose las murmuraciones, perdiéndose las menudencias y disolviéndose las historietas en la historia; que la historia es como monstruo de fau ees estrechas: se traga lo pequeño y nos devuelve lo grande. Remota, cada vez más remota, se achica í? 4 1- tar í? 3 f a ueila sociedad ii nomir. ada, muerta y couNeitida en polvo do sepulcro. Y entretanto van creciendo las altas figuras, lavadas por el curso del tiempo, de igual modo que el agua corriente suaviza y pule la piedra. ¿Quién se acuerda ya de los agios y prevaricaciones del gran estadista, ni del pasajero daño que hizo enriqueciéndose, junto á la prosperidad y riqueza que derramó sobre su. país? ¿Quién se acuerda ya de las desventuras conyugales del héroe traicionado, ni qué son las burletas de aquellos cortesanos maldicientes, junto á las bendiciones con que la posteridad conmemora tantos triunfos y conquistas? ¿Quién se acuerda j a de los vicios y bajas truhanerías del poeta, ni de los magnates orgullosos que le despreciaban, hoy enterrados en perpetuo olvido, mientras los versos y el nombre glorificado del vate perduran y resuenan vivos de generación en generación? ¿Quién se acuerda ya de las trampas, miserias y ruindades del artista junto á sus cuadros portentosos, ni quién de la inconstancia, flaquezas y traiciones del orador, leyendo ho 5 las maravillas de sus discursos? ¿Quién pregunta cómo fueron, sabiendo lo que dejaron? ¿Qué importa hoy su honor personal? Eso es útil para los que con días contados viven para la casa, para el amigo, para el vecino; inútil para los que han de sobrevivirse en una posteridad desconocida. Cuando el hombre, por su grandeza, se convierte en estatua, no pueden roer ni vivir en ella los gusanos que vivieron en la carne mortal. La tierra de la sepultura es un filtro; ai lado de acá, en el mundo, quedan las impurezas del hombre; al lado de allá, á la posteridad, pasa sólo e! espíritu purificado. EUGENIO S E L I E S D H Í U J O S DE MÉNDEZ BRINCA