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El honor á distancia I A h i s t o r i a de los g r a n d e s hombres hecha por sus contemporáneos, debiera de ser la más verídica y cierta por la autenticidad de sus datos, y es, no obstante; la más incierta y fais e á d a, precisaíuente por su afán y lujo de averiguación y de pormenores. Es la crónica ah menudeo, el libro de me- morías de lo insignifi- cante, el diario dé ingre- sos y gastos menores, y no puede Iracerse por él balance general, ni medir la totalidad de una figura. Lá vista cercana no abarca tanto. Ve bien los defectos ó las bellezas parciales de la escultura, la aspereza ó tosquedad del mármol, sus protuberancias ó sus resquebrajaduras, pero no juzga de la grandeza de la obra en perspectiva. y es que la crítica de los vivos se complace en desmenuzar á los hombres y romper las estatuas; por eso ve sólo fragmentos de estatuas y pedazos de hombres. A la posteridad corresponde lafaena de ponerlos en el punto de perspectiva purificadera y de operar la decantación de las vidas, apartando los posos y sedimentos impuros. El honor personal, la conducta privada, que se computan y valoran á alto precio en lo momentáneo, no pasan al libro mayor de la historia, y si pasan algunas veces, por minuciosidad curiosa, no se suman ni se descuentan en el haber de los muertos famosos. Apartad los paños mortuorios que cubren las tumbas viejas, penetrad á través de las capas de sombra cjue los siglos acumularon sobre ellas, y escudriñad allá en su fondo la existencia de aquel polvo cuando fué carne, la opinión que tuvieron sus contemporáneos del hombre antes que fuera semi- dios inmortal consagrado en los altares de la historia. Aquel estadista sin par que engrandeció á su patria y benefició á su país, que abrió para ellos los caminos del esplendor y las fuentes de la prosperidad, fué un avariento prevaricador, un agiotista que traficó con la fortuna pública, labrando así la suya propia. Tratárase de un ladronzuelo vulgar, y los alcaldes de Casa y Corte dieran pronto con él en la cárcel y luego en la horca: tratábase de quien hizo dos bienes, el propio y el común, y la rapiña quedó absuelta y disfrutada largos años y en santa paz por sus descendientes, que viven envanecidos en la histórica casa que, cimentada con amasijos sucios por abajo, recibe por arriba la sombra veneranda del escudo del fundador. La sociedad de su tiempo quizá guardaba el bolsillo cuando le veía cerca, y la opinión borraba con tachones de deshonra el nombre del estadista. Aquel caudillo invencible, dechado de valientes caballeros, ganó para su patria remotos mares y anchas tierras, trofeos y estandartes, glorias y provechos. Y mientras el héroe vencía en los campos de batalla, llevándose de corrido á moros y cristianos, su bella esposa festejaba los triunfos con sus amantes en el- secreto del camarín tapizado con las banderas enemigas. Y cuando tornaba vencedor y se encontraba engañado, recibía sin repugnancia el beso frío de la esposa infiel. 3 la risa misericordiosa de los amantes. Y la espada sanguinaria que, np sufría un ultraje sin cortar una lengua, pendía enfundada y paciente junto á la cabecera del ultrajado lechó conyugal. La sociedad contemporánea se burlaba del gran caudillo, regocijándose más con sus desdichas q. ue con sus victorias, y la opinión obscurecía con tachones de deshonra la, fama del héroe. Aquel poeta, e. xcelso fué el encanto de la muchedumbre sincera que mira buenamente á la obra sin saber dé. su autor. Llorando ó riendo, las gentes sujetas á la admiración le rendían su espíritu conlo el siervo se rinde alseñór. Los enamorados se valían de sus veí- sos como dé tin conjuro para vencer! á sus amadas, y las amantes soñaban con oir á sus amados frases tan dulces como aquéllas, pensando cuan imposible sería resistir á la tentación de su cadencia. Y aquel ser poético, aquel cantor sublime de la música del pensamiento, vivía truhanescamente más de los amoríos ajenos que en los amores propios. Tercero de aventuras. de los grandes señores que le amparaban, escribía epístolas para seducir her- niosuras por cuenta de otros. Y para él quedaba únicamente el vicio peor de los vicios: el vicio pobre y nauseabundo. Sumiso, despreciado y obscurecido en los rincones de los palacios ó en, compañía dé los servidores de la corte, comía. con hambre las sobras de las altas bacanales; La sociedad contemporánea le consideraba como á un juglar para entretenimiento de los ocios, y la opinión selecta borraba con tachones de deshonor el nombre del poeta. Aquel artista fué la gloria de su país, el maestro de su generación. Los reyes lo tenían á su servicio para pintar sus alcázares. Los magnates soberbios padecían largas horas de esclavitud inmóviles ante el caballete, para legar después sus retratos á los sucesores. Obispos y comunidades religiosas pedían á su pincel cuadros para iglesias y conventos. Nadie sabía como