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Perpleja se quedó el alma oyendo tan pavorosa invitación la memoria recapacitó; la imaginación represención; tó los liedlos; el eritendimiento e x p u s o las causas; la r a z ó n juzgó... El alma flotó s o b r e el mardesau- gre, cuj as olas parecían ocupar toda la extensión de lo desconocido. Pasaron años, años, años; Al cabo el alma divisó algo que no era rojo. Al fin traspuso las bermejas olas y tocó en algo que tierra parecía, pero al pasado espanto sucedió otro mayor y más terrible. Haciendo frente al alma del Rey Santo, presentábanse en larguísima línea de batalla ejércitos y más ejércitos innuinerables de la más extraña y horrorosa traza que nunca se vio. Generales, jefes y soldados estaban todos mortalmente heridos, amarillos, exangües. A todos los faltaba brazo ó pierna; á muchos la cabeza; muchísimos presentaban á la vista horrendos agujeros de heridas incurables y recientes, al parecer de lanza, mandoble, partesana, estilete, maza de armas, espeto y de todas las formas y maneras de instrumentos belicosos conocidos por aquel entonces. Había cascos hendidos, que por entre las rajas mostraban sesos blanqueando al sol; había mazas y mandobles sostenidos en alto por brazos quebrados como ramas desgajadas del tronco; había jinetes que cabalgaban dejando colgar, flácidas y rotas, las piernas fuera de los estribos; había, en fin, cuerpos sin cabeza que inclinaban el tronco bajo el escudo para acometer... todo e. sto en nn silencio inconcebible, frío, amenazador. Rey Santo, Rey Santo- -clamó de nuevo la voz misteriosa: -éstas son tus víctimas. De. todas y de cada una de ellas tienes que lograr el perdón para poder entrar en el cielo. Y el alma del Rey Santo, que jamás se humilló ante ningún hombre, tuvo c ue pasar por la pena de ir demandando perdón, tino por uno, á todos aquellos hombres muertos en sus campañas. Y entre ellos había señores orgullosos que se complacían en ultrajarle, y miserables pecheros que se le mofaban con crueles y groseros sarcasmos y le imponían, para concederle el perdón, ominosas condiciones. Pasaron años, muchos años, y al fin fué perdonado por miles y miles de cristianos guerreros. Mas hé aquí que en pos de éstos, cuando ya había recorrido todas las escuadras, vio aparecer más nutrida y amenazadora, enorme, innúmera almofalla de guerreros infieles, flotando al aire los blancos albornoces, en las orguUosas testas los altivos turbantes multicolores. El alma del Rey Santo sintióse desfallecer, como la de Jesucristo en el huerto. Su confusión y tristeza fueron inenarrables. Clamó, y antes que pudiera formular su quejido, la voz inexorable sonó más honda, más. terrible. A esos también, á esos también has de pedir perdón, pues los mata. ste sin tratar de convertirlos. Y el alma del Rey Santo, llena de inexplicable amargura, que después se trocó en inmensa caridad humana, postróse humildemente ante los infieles, tmo por uno. Y al cabo de algún tiempo, tal vez de unas horas, tal vez de unos siglos, el alma del Santo Rey entró, vestida de luz, en la gloria eterna. LEMA: SACRA FAMES DIBUJOS DE M. SAXTA M. RÍ. (NÚMERO 21 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)