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justo, que además de justo es feliz y no deja sino bienandanzas en pos suyo; y él que había engrandecido á costa de los infieles los dominios de la cristiandad en gigantescas proporciones y que poseía tantos bienes de todas clases, quiso morir como el más pobre, miserable y lacerado de todos sus subditos. Hizo que le llevasen á la Catedral, desciñóse todas las prendas y vestiduras reales, arrojó á un lado la corona, quedó en cuerpo y sin más prenda que una camisa burda de estopa, bajo la cual se veía áspero y cruel cilicio sujeto á la cintura por cíngulo de hosco esparto; mandó tejer una corona de ramas y abrojos y se la encajó con gran resolución en la cabeza, donde saltaron chorros de sangre moribunda, negiiza 3 pegajosa; y así, de rodillas ante el altar mayor, inclinando la cabeza al suelo, que había hecho tapizar de ceniza, estuvo hasta que el Señor fué servido hacerle exhalar el postrer aliento, haciendo rebotar la cabeza sin vida sobre las encenizadas losas. Mudos de espan to y de dolor corte sanos y eclesiásti 1 eos ante a q u e l l a imponente escena, diéronse pirisa á recog er el cuerpo, á r e v e s t i r l e dignamente con la púrpura del monarca y los arneses del guerrero, á ungirle y embalsamarle, á depositarle en preciosa urna de cristal 3 ésta en pesadísima caja de plomo, y en fin, á sepultar el maltratado c u e r p o en la cripta de la Catedral, junto al de su buena é ilustre esposa la reina Doña Y o l a n d a muerta muchos años antes. Mientras esto sucedía en la tierra, el a l m a del Rey Santo volaba p o r las espacios in ¡nateriales, libre de lig a d u r a s mundanas, felizy en busca del más allá. Por lo pronto no sentía otra cosa que un estado de beatitud ó bienaventuranza inefable y superior en millones de veces á los más sutiles, refinados y delicadísimos goces del intelecto ó de la sensibilidad. -Esto- -pensó el alma del Rej- Santo- -debe de ser la anhelada fruición de Dios; esto debe de ser el cielo. Pero no era el cielo, no, sino simplemente el camino para l l e g a r á él. Pasó algún tiempo, quizás minutos, quizás millares de siglos, y el alma del Rey Santo, que creía caminar siempre, aunque sin experimentar las habituales sensaciones de la marcha, vio ante si, mu 3 lejos, pero en un sitio adonde presentía que iba á llegar pronto, una mancha roja enorme, que poco á poco iba dilatándose, ocupando el horizonte visible, llenándolo todo, cercándole á él mismo. Pronto se halló solo en medio de aquella mancha siniestra, que crecía como una marea viva, y por el color y por el olor se hizo cargo de que todo aquello rojo era sangre, ¡sangre humana! Y el alma del Rey Santo se quedó triste ymedrosa, cual no lo estuvo jamás cuando unida al cuerpo andaba. Y en medio de su terror, oyó una vozultramundana, honda y misteriosísima, que llenaba todo el espacio infinito y decía en un lenguaje de extrañas palabras, inteligibles, pero no sensibles: Rey Santo: hete aquí ante el mar de la sangre que vertiste en el mundo. Si toda ella la derramaste con la conciencia pura y sin ningún estímulo de apetito bajo ó de infame concupiscencia, échate al mar. Rey Santo, y pasarás á la otra orilla.