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Í KI 1 DÓN Q ANTAMENTE murió el Rey Santo en la Santa Catedral por él fundada y enriquecida con valiosísimos tesoros, botín por él mismo cogido á los infieles en innumerables batallas, cuyos relatos llenaban tremendos infolios de apergaminadas crónicas. Fué un rey conquistador, un rey civilizador, un rey legislador, pero más que todos estos títulos preció y estimó el de rey cristiano que el mundo entero le otorgara. No era en aquellos siglos medios directa ni muy estrecha la relación entre el pontífice de Roma y los monarcas cristianos, no obstante lo cual, la fama y noticia de la santidad del rey forzaron la piadosa curiosidad de varios papas, quienes le enviaban á cada paso legados apostólicos con breves y bulas donde se contenían las más señaladas mercedes y los más estimables privilegios, sin dejar de acompañar estas gracias puramente espirituales con agasajos y donativos de extraordinaria valía, entre los cuales se citaban, como cosa memorable, una cruz procesional, toda de ricos y enormes balajes, que e n c a j a d a en e ¡asta del g u i ó n real, condujo cien veces el fonsado á la victoria, cual si dotada de mirífica virtud bélica se hallase; el dedo í n d i c e de San Lino, segundo p o n t í f i c e de Roma, inevaluable reliquia engastada en riquísimo relicario de cristal de roca, ele una sola p i e z a horadado y tallado, para que en él cupiese el santo de. spojo, y milag r o s a m e n t e cerrado despuéspor m a n o s sobrenaturales, p u e s t o que no se veían en la p e r e g r i n a caja resquicios ni rendijas, ni tampoco señales de pegamento ó soldadura, antes toda ella parecía ó era en efecto de una sola p i e z a según se dice; y por fin, un herm o s í s i m o cuadrúpedo n u n c a visto en tierras europeas d e s d e l o s tiempos del famoso caudillo cartaginés Anníbal, es decir, un elefante africano de dura piel azulada, de enormes orejas horadadas por cincelados y sonantes címbalos de oro á guisa de arracadas, y de recios y larguísimos colmillos enfundados en valiosas vainas ó estuches también de oro cuajados de pedrería. Las riquezas del Rey Santo eran, pues, cuantiosas, más que las de ningún otro monarca de la cristiandad; su poder militar, enorme é incontrastable; los sabios de su corte, los más sabios del mundo; las damas de ella, las más elegantes, hermosas, discretas y bien arreadas; los paladines que capitaneaban sus mesnadas, los más animosos y bravos. Su hijo y heredero, aunque muy mozo, prometía proseguir y aun acrecentar la gloria lograda por el padre con las armas y con las letras. Sintió, pues, el Rey Santo llegar la muerte con la tranquilidad del