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FELICIANA. ¿Qué? r m s l a m i s m a suerte... (Insinuante, con ternura. Y Ai- FONSO. -Digo que ya los tiene. Mírame bien. Contigo nunca hablo en broma. ¡Te quiero tanto, Feliciana! Digo que yo le daré bancales y huertos; que él será arrendador y se hará rico; que todo eso que él necesita es lo peor de mis haciendas, lo que yo no estimo en nada, lo que no puede hacerme dichoso... además, por mí... Hace y a tiempo que hallo m u y triste mi casa de Murcia. L a vida que mis rentas pueden proporcionarme, me cansa, me fatiga, níe aburre, se me hace odiosa; falta allí algo, algo q u e lleve una alegría franca, natural, hermosa. Tú, t ú misma. Por eso vengo á la huerta: por ti, y a lo sabes. (Pausa. l m icih. i iA- (emocionada) ¿Pero y él, señorito? FELICIANA. -Pero... ALFONSO. -Ya lo h e dicho: para él, bancales y ALFONSO. -Y tú, Feliciana... (pausadamente, al oído) casas; lo que quiera. Tú, para mí... ¡para mí solo, tú ¡para mí! (Le coge la mano. FELICIANA (sofocada, temerosa) ¡Señorito... suel- Feliciana... (La estrecha el talle y la besa delicadamente en la boca. Ella se abandona. te... no... ¡Si él nos viera... ALFONSO. ¡Y qué! ¡Si tú también me quieres... FELICIANA. -Bueno... sí... por Dios... Yo también ¡Que venga... Ya estoy deseando que lo sepa. Me le tengo á usté mucho querer... sí... resulta muy duro tener que disimular delante de Detrás de un caballón aparece Perete, y se yerél. Y se lo vas á decir tú... gue ante ellos. Viene airado, resuelto, con el gesto contraído por la idea del crimen. FELICIANA. ¡Yo! FELICIANA (con espanto) ¡El! ALFONSO. -O tu padre; lo mismo da. ¿No ganamos todos? El arreglo de este asunto es m u y n a ALFONSO (levantándose) ¡Tú... Me alegro... tural. Y Perete será feliz, porque va á tener lo que P E R E T E esgrime una faca y la hunde en el costado de necesita: ¡tierra, tierra! El v i v e p o r l a tierra y para Alfonso) -Yo no. A mí ná me alegra en este munla tierra. Tal vez tú no comprendas el resultado do: ni los bancales, ni las casas... ¡ni las mujeres de e. stas cosas, pero tienen un fondo muy equita- tampoco, si son como ésta... tivo y humano. Es cuestión de sentimientos y causas para estimularlos. Mientras yo sé conmoverme admirándote; mientras puedo vivir de luirarte, de tenerte junto á mí, de respirar á tu lado, de hacerte gozar la vida plenamente, él... él puede vivir de otro modo... F E L I C I A N A (rindie ndose sin esfuerzo) -De do... ¿U s t é lo p i e n s a así? otro m o- Altonso exhala un quejido y se desploma sobre la parva; Feliciana un ¡ay! y se desmaya. Eos otros huertanos, horrorizados, se agrupan alrededor de éstos. VARIAS VOCES. ¡Perete! ¡Perete! ¡Alfonso! ¡Feliciana! P KS. t (impasible y sombrío) -Es q u e el s e ñ o r i t o ALFONSO. -Como es, Feliciana; así lo pienso. Perete dedica á la tierra todos sus sentidos. U n bancal q u e haya él cultivado, un par de bueyes rohii. stos y una garbera de trigo, despiertan sus mejores sentimientos y le hacen gozar. Y el bancal, y la garbera, y los bueyes influirán más en su vida que la mujer á quien busque para casarse. La mujer en casa de Perete será un mueble de poca estima. Ya ves el ejemplo en otras familias. Eas mujeres viven sometidas á la esclavitud de la huerta. S e casan, y ya siempre se las ve sucias, abandonadas, estropeadas por el duro trabajo de la tierra. Os hacen trabajar, y trabajáis; os dan u n a carga injusta, y os sometéis resignadas... P ELICIANA (con caráíc ¡Señorito! h a besao á Feliciana y ella h a besao al señorito. ¡Decían que pa mí casas y bancales! ¡Que con eso tenía bastante... Ya veis cómo no lo entienden... El padre de Feliciana se abraza á ella gimiendo. Los demás se alejan á la desbandada, atravesando plantíos. Resuenan alaridos de los q u e huyen, y ladran los perro, de la huerta. Pasan los instantes; van perdiéndose las voces allá lejos, por las primeras casas de la aldea. Vuelve á reinar el augusto silencio de la noche. En la era, la paja se tiñe de sangre, y sólo se oye el gemir angustioso del padre de Feliciana, que la besa dulcemente para reanimarla. Las estrellas del cielo rielan con alegre intensidad sobre el agua bullidora d e las acequias. E M I L I O NAVARRO DIBUJOS DE J FllANCÉS ALFONSO. ¡No; no quiero, no quiero que tú co-