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Porque hay que confesarlo: la familia no tomaba en serio aquella vocación. L, os domingos por la tarde nos reuníamos en casa de tía Remedios, y mientras los mayores jugaban al tresillo, nosotros corríamos por todas partes. Considerábamos á las parejas amorosas como muebles familiares, pues aunque cambiasen, parecían siempre las nismas, perpetuadas para adornar el gabinete, y nos quedábamos extáticos ante ellas, creyendo, en nuestra inocencia infantil, que aquellos seres eran muñecos que para distraer á la casamentera repetían siempre idénticas palabras: ¿Me quieres? Mucho. ¿Me quieres? Mucho. Cuando alborotábamos demasiado, los tresillistas nos expulsaban fuera de la sala, y entonces corríamos por los pasillos, salíamos á la escalera, atormentábamos al gato, nos introducíamos en la cocina, de donde nos echaba Tecla, reina de tales lugares, y al fin, furtivamente, uno tras otro, nos colábamos en la sala, donde los mayores discutían acaloradamente alguna jugada dudosa. I, a controversia terminaba siempre del mismo modo: -Calla, calla- -decíale mi padre á la tía; -si tus matrimonios son como tus solos, valiente chambona estás. ¿Chambona yo? -replicaba la casamentera algo ofendida. -Puede que en el tresillo lo sea; pero en punto á casorios, no digas que es chamboaa una mujer qa- consigue casar tres veces á doña Jesusa. í í V l -Si sacas á relucir a acña Jesusa- -responaia mi padre rica do, -no digo nada, porque, la verdad, doña Jesusa... -Es mi orgullo- -afirmaba la vieja llena de gozo; -la perla de mi colección. ¡Pobre tía! Una mañana nos poníamos á almorzar, cuando llegó un mandadero enviado por Tecla, para avisarnos que la señorita se había puesto muy mala. A su casa corrimos todos, y al entrar nos cruzamos con los óleos que bajaban. Arriba nos recibió Tecla llorosa; la tía Remedios acababa de morir. Nos encerraron á los chicos en un cuarto con mi madre para que no nos impresionara la vista de la muerta. A poco entró mi padre con una carta. -Esta la ha matado- -dijo mostrándola y leyéndosela luego á mi. madre. La carta era de doña Jesusa, y en ella la buena señora se quejaba de la desgraciada vida que su tercer marido la daba, haciendo responsable de sus desdichas á la mediadora. El corazón de tía Remedios, usado por las ajenas pasiones, no pudo soportar tamaña ingratitud. Se encogió al recibir la herida y ahogó á la casamentera. ¡Pobre, pobrecilla tía Remedios! Me escapé del cuarto y la vi muerta. Su cabeza caía hacia atrás, reposando en el respaldo del butacón; sus manos habían dejado escapar las agujas de la calceta, que brillaban sobre la alfombra, presas en la urdimbre apretada de las mallas. La muerte juntó aquellos labios siempre separados por amables palabras, cerró los vigilantes ojos que tanto contemplarpn la dicha del prójimo. Los retratos de las paredes miraban compungidos al cadáver, y el gabinete se entristecía por la ausencia de las parejas. ¡Pobre, pobrecilla tía Remedios! La veo así, y mi memoria, queriendo borrar aquel penoso recuerdo, me la presenta otra vez viva, habladora, haciendo media con sus dedos ágiles, mientras luce su nimbo de dama japonesa y deja vagar sobre los enamorados sus dulces ojos protectores... MAURICIO LÓPEZ ROBERTS DIÍÍLMO. S liE MENtJEZ ÍÍRINCA