Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
M TA mmm Í i el amplio butacón, niovien; nte las agujas de hacer nieni memoria la figurilla de mi con su boca sumida y bonida nariz, su cara arrugadíío, no mayor que una castaí por infinitas horquillas de diendo por una 3 otra parte, i tía cierta apariencia de da- j ma japonesa. La veo en su gabinete alegre, rodeada de muebles tan viejos como ella, y escucho su voz cascada, y su risa inocente revive en ini oído, junta con el parloteo inagotable de dos ó tres parejas de novios que, esparcidas por el cuarto, hablan quedamente, bajo la vigilancia bondadosa de mi tía Remedios, quien pasea de una en otra sus dulces ojos protectores. Cada persona tiene su destino en este mundo, y mi tía Remedios, nacida para ser casamentera, pasó su existencia uniendo voluntades, aplacando disensiones, rencores, celos, allanando el camino de la Vicaría á cuantos acudieran á sus buenos oficios. Según las más antiguas crónicas de la familia, siempre fueron esas sus aficiones. De chicuela sólo jugó á los casamientos, pero siempre desempeñaba en tal diversión los papeles más desairados: mamas casamenteras, sacerdotes bendecidores. Siempre casaba, pero nunca se casaba. Ya muchacha, casó á todas sus amigas, parientas y conocidas y, desdeñando á cuantos hombres se dirigieron á ella, se dio maña para enlazarlos con alguna de sus compañeras. Los años pasaron y la manía creció con ellos. Había adquirido fama de excelente mediadora, y á ella acudieron las madres afligidas de hijas incasables, las doncellas hartas de serlo, los solterones aburridos, las viudas ansiosas de cariño, los mancebos tímidos, todos cuantos tratan de casarse ó de casar á alguien. Aquella confianza en sus méritos agigantó las naturales disposiciones de mi tía, y espoleada por ella, hizo prodigios. Se citaron entonces casos raros y maravillosos, verdaderos milagros matrimoniales, que rodearon con brillo de aureola la cabecita de mi tía Remediaos, quien no contenta con casar á varias viudas con hijos y sin dinero, á una pensionista de sesenta anos y otras hazañas semejantes, atrajo á la Religión Católica, merced al señuelo del amor, á muchos cismáticos, protestantes y judíos, que entraron en la comunión de los fieles única y exclusivamente por los ardides de la piadosa zurcidora de voluntades. Casó á españoles, franceses, rusos, italianos, casó á amarillos, blancos y negros, y en Europa y en ambas Américas millares de familias bendecían su nombre. Testimonios de la gratitud de cuantos unió, eran las fotografías, abundantes como arenas en el mar, que tapizaban las paredes de su cuarto. Formaban un museo, y en él podría observar el curioso las transformaciones v cambios que ha sufrido el traje nupcial de cincuenta años acá, pues en los retratos (único premio de la labor de mi tía) aparecían siempre los novios tal y como se hallaban en el momento de recibir las bendiciones. Esta era la única exigencia de la componedora, y aunque no faltó quien jurase ser el interés el móvil de mi tía Remedios, nadie dio crédito á tales calumnias, ni repitió jamás el adjetivo insultante y picaresco con que algunas jamonas despechadas ó algunas madres infelices querían m a n c h a r l a reputación de la casamentera. Mas estas hablillas no nublaron la felicidad de mi tía. Su vida entera, el exceso de bondad de su corazón hallaban empleo de aquel modo. No pensaba más que en casorios, noviazgos, entrevistas, amoroso carteo. Su conversación e. smaltábase con efemérides y conmemoraciones de alguna de sus empresas, y hasta los pormenores caseros se regían por tales cómputos; la criada, Tecla, estaba en casa de mi tía desde que Mariquita, se casó con Perico el marino; las gafas de p i a f a s e compraron para ayudar en su correspondencia á Manolo y á Mercedes, amantes desgraciadísimos cuyos amores y casamiento fueron de lo más tormentoso; la sillería del gabinete se f o r r ó á poco de casarse por tercera vez doña Jesusa. Esta dama salía mucho á relucir en la conversación de la casamentera, quien consideraba los tres enlaces de aquella infatigable novia como una de sus victorias más lucidas, y se valía de ellos como de un argumento irrefutable para defenderse contra las bromas y chanzas, alguna vez pesadas, de la fainilia.