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-Nada, nada; el silencio, el silencio... Después de cinco horas de dejarnos caer por la montana, llegamos á una meseta donde pudimos sentar la planta de los pies sin precauciones y sin la ayuda del bastón, á la vista de la cabaña- hotel; el sitio era delicioso: arriba, la montaña imponente; allí cerca, las espumosas aguas del barranco, desmandadas y bulliciosas; tocando, el pinar verdinegro y espeso; á nuestros pies, el extenso lago de la Escarpinosa, en el cual se reflejaban con mayor claridad que en un espejo los robustos pinos; sobre el césped habíamos formado corro; las provisiones, preparadas por el dueño de la cabana, se colocaron sobre enormes cantos que servían de mesa. La conversación se había animado; todos hablábamos á la vez; se interrumpió de pronto el charloteo cuando uno de los comensales dirigióse en tono jovial al señor Domingo: ¡Carambo! señor Domingo: por lo visto á usted le conocen en todas partes; aquí aparece usted en letras de molde. -Tal vez; como llegan á estas alturas gentes de tantas tierras... ¿Cómo, cómo es eso? -dijimos todos al ver á nuestro compañero leyendo un trozo de papel grasicnto que había servido para envolver alguno de los fiambres de nuestra mesa. -Así, lo que he dicho; pero esto no es broma; parece principio ó fin de tragedia, y, á no dudarlo, el señor Domingo es uno de los actores principales. El señor Domingo, que hasta entonces había permanecido sentado sobre sus piernas, se incorporó apoyando una rodilla en el suelo, y adelantando su fornido cuerpo, que llegaba hasta el centro del corro, escuchó atento y siguió con mirada de asombro el relato extraño de aquel extraño pedazo de papel. el general W. había conseguido su doble objeto... y al dejar allí entre humo y sangre y ruido y tristes lamentos de heridos una vida que no era vida, apareció en sus labios aquella simpática sonrisa que desde hace muchos años se había borrado en ellos, y sus últimas palabras fueron las mismas que en sus noches de insomnio frecuentemente oímos los alegres camaradas de cuartel: Señor Domingo, señor Domingo: el silencio, el silencio de la nieve. El señor Domingo dejó caer abundantes lágrimas. -Que hable, que hable el señor Domingo; cuente usted; no nos deje sin conocer esa historia in teresante; cuente... El señor Domingo, repuesto de su primera impresión, serenando su espíritu, comenzó á hablar en medio del mayor silencio. -Diez ó doce años han transcurrido; ella, alta, delgada; sus ojos tenían el color del agua de ese lago; ¡pero qué sonrisa tan triste y qué mirar tan apagado! Ko. sé qué lengua hablaba, porque apenas cruzó conversación con él; él; tan alto comb yo, tristón, con su bigote castaño y sus ojos del mismo color, tenía una mirada atractiva y simpática. Al descender del calvo y alto pico, la niebla espesa y apretada no nos permitía dar un paso; decidimos, por consejo mío, resguardarnos en un rocacho que sobresalía entre la masa de nieve, á pocos pasos de la grieta honda y ancha; 3 0, sin saber cómo, distraído, liando un cigarro, sentí; sorprendido, un grito de angustia; los vi abrazados, ella agarrada á él, con ojos- descompuestos y palidez horrible; rodaron; me lancé con temeridad que ahora me espanta; estábamos los tres al borde de la grieta; yo, hundiendo con ini inano izquierda el hierro del bastón y arrastrándome de rodillas, pude coger los pliegues del ancho pantalón de seda de aquella infeliz; un pedazo de seda se quedó en mi mano; el abismo se quedó con lo demás; agarré, no sé cómo, éntrela carne y el claveteado zapato la pierna de aquel hombre fornido; durante algunos segundos sostuvimos el equilibrio con la muerte; parecía que tiraban desde abajo; hice un movimiento extraño; vi á dos palmos de distancia una piedra medio hundida en la nieve; allí apoyé mi codo mientras arrancaba a punta de hierro para clavarla un poco más atrás, preparando así una hábil retirada. Cuando nos vimos fuera de peligro se ensancharon mis pulmones y él dejó correr sus lágrimas, y sin quitar los ojos de la espantosa grieta dijo sentándose en la roca: ¡Señor Domingo, seiior Domingo: el silencio, el silencio de la nieve... ¡De qué hermosa sepultura me ha privado nsted... Los rayos de la luna acabaron de disipar la niebla que parecía ponerse delante de nuestros pasos hasta que llegamos á este mismo sitio. Los pinos se veían debajo del agua como ahora; como ahora, no; á la luz de la luna estos árboles parecen fantasmas; vedlo: aquél, aquél es; es la silueta, es el fantasma de la mujer de mirar apagado, alta, delgada, de sonrisita triste... VICENTE F K R R A Z Y TURMO