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EN EL PiniNEO E L SILE) I C 10 JD K l SEisTOKL ID 0I vIIErC 2- 0 I Abajada se hizo, si no con tanta fatiga, con más precauciones que la ascensión, pues los peligros eran mayores, sobre todo al atravesar el campo nevado, por donde rodaban á menudo los compañei os á pesar de los claveteados borceguíes de dos libras, imprescindible indumentaria para andar sobre la masa pardusca y rojiza de la nieve, blanda en la superficie y dura como roca á dos dedos de la capa exterior. También teníamos la desventaja del sol, que, reflejando en la nevera, uos pelaba la cara y nos hacía pensar con gusto en el fresco aire que oreó nuestros pulmones cuando al amanecer emprendimos la caminata, encorvados nuestros cuerpos, apoj ados en el largo bastón de aguda y férrea contera, y asegurando los pesados pies sobre la espalda del monstruo, el enorme monstruo de piedra, con entrañas de hierro y capa de armiño, que extiende sus plantas sobre unas leguas de terreno y en su cabeza juegan las nubes la eterna y alocada danza de perlas y de rizos: la montaña Maldita del Pirineo aragonés. En un momento de descanso, mirando cómo asomaba el sol entre las atrevidas crestas, centinelas del planeta, que recibían su primer saludo, reparamos en la solicitud con que el guía, señor Domingo, li. tipiaba una pequeña crucecita puesta al borde de un abismo, junto á una grieta de nieve, cementerio de los despojos de la Naturaleza, de árboles desgajados por aludes y de piedras arrancadas por el ventisco. Mayor fué nuestro asombro y nuestra curiosidad mayor, cuando al bajar vimos al señor Uomingo que, con paso firme y seguro, buscando apoyo entre los cantos roqueros y los troncos de pino medio cubiertos por la nieve, llevando en su mano derecha el bastón de larga y aguda contera, que hundía con vigor en el duro glaciar, se acercó á la cruz y dejó clavado en las rendijas de la madera un ramo de flores silvestres curiosamente atado con largas hierbas; luego vímosle ansiosos arrodillarse, asomar estirando el cuerpo y alargando el cuello, asomar los ojos á aquel hondo abismo y volver después con iguales cuidados hasta donde estábamos. No pudo menoss de llamarnos la atención la seriedad del señor Domingo y la rara y difícil maniobra a ue había realizado en los pocos momentos que se separó de nosotros; algo habría en aquel hombre, algo que... -Pero, señor Domingo, ¿cómo se atreve usted... -No, no me pregunten, no puedo, no sé; el silencio, eso es, el silencio... -Y volviendo la mirada hacia el sitio del peligro, repitió: -El silencio, el silencio de la nieve... Continuamos nuestro descenso. La noche anterior, durante la cena, en la cocina de la cabana, habíamos conocido el raro humor del señor Domingo y de su compañero el otro guía, Mariano, quienes al calor del vino nos contaron su vida y milagros, y la vida y milagros de los vecinos del pueblo aquél que teníamos á nuestros pies, allá abajo, en el fondo del valle; y nos contaron c u a n t a s curiosidades encierran esas montañas y sus bosques y sus lagos. Eos dos guías se dedicaban durante el verano á este oficio de acompañar por las montañas á los excursionistas, y los demás días del año tenía cada uno su modo de vivir, un modo de vivir sin atrepellarse, y que les permitía dedicar largas sesiones á la inocente ocupación de contar mentiras y jugar al truque en casa de Pey, centro de reunión de la gente artesana del lugar. Lo más llamativo de todas las cosas del señor Domingo no era ciertamente la honesta distancia que la naturaleza había puesto entre su cabeza y sus pies y entre sus dos hombros; tampoco aquella verruga peluda y grande que tenía en el lado derecho de la nariz. Eo que más llamaba la atención en el señor Domingo, sobre todo desde algunos años atrás, era su carácter pensativo; antes no era así; aun las gentes menos avisadas del pueblo observaron un gran cambio; el contraste entre la cavilosidad actxial del señor Domingo y su anterior alegría, franca y espontánea. Se sabía en el lugar que el señor Domingo no poseía más bienes de fortuna que los adquiridos á fuerza de levantar paredes y de escalar vericuetos, y sin embargo, este hombre, al llegar determinado día del año, desaparecía del pueblo, y al volver, después de una semana ó semana y media de ausencia, se le veía entrar en las casas más pobres, recorrerlas una por una; lo sabían todos, en secreto, que en cada casa dejaba un pequeño paquete con algunos billetes del mismísimo Banco, y no de los más pequeños; y todos sabían, también en secreto, la contestación del señor Domingo a l a s naturales preguntas del favorecido: