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andaluces y levantinos, ni tiene las frescas sombras, las húmedas umbrías montañesas ó asturianas. Su gala es el pinar quejumbrón que satura el ambiente de balsámico aroma resinoso; el pinar lleno de melancólicos rumores; pero los pinares, románticos y tristes, son bosques de invierno, abrigados y tibios, de leve sombra, en donde el sol, sin abrasar, calienta. Sobre todo, en el invierno despliega el Guadarrama su rico manto de nieve, y engalanado con él rebrilla al sol intenso como un monte argentino en la diafanidad, en el nítido azul de la atmósfera castellana. Los madrileños tienen de la sierra, durante la invernada, una medrosa idea: es almacén de mortíferos catarros, que vienen como diablillos invisibles flotando en el aire para meterse por las calles y acechar, traidorzuelos, en las encrucijadas de la villa. I a ciencia necesita mucho tiempo para ahuyentar las fantasmas que forja el miedo, l a ignorancia y la rutina. Esos montes cubiertos de nieve que á tantos amedrentaron, no son depósitos de muerte, sino fuentes de vida; más de un tuberculoso restauró sus pulmones sólo con respirar el aire de la sierra en sus parajes altos y, por lo tanto, fríos; más de un valetudinai- io y más de un convaleciente halló entre los riscos salud y fuerza para su cuerpo arruinado. Con. todo esto, aún es el día que no se levanta en toda la cordillera una casa de salud, brindando al enfermo, al anémico y al débil comodidad é higiene. Nuestra serranía es una Suiza que se eleva en mitad de la meseta castellana, á dos horas, mal contadas, de la capital del reino, con cimas tan escarpadas como los S c e Píeos; con depósitos tan altos como la laguna de Peñalara; con bosques tan densos como el de Balsaín; con valles tan abiertos como el del Paular; con un cielo azul trescientos días del año; con ambiente seco y puro; con abundantes pastos, capaces de mantener manadas de vacas lecheras; con aguas frías y, finalmente, con serranos hospitalarios y honrados. Todo este rico tesoro está desconocido; los que desde Madrid vamos á la sierra en el mes de Enero, adquirimos donosa fama de aventureros polares porque durante unas horas gozamos el placer de hollar con nuestras plantas una capa de nieve de tres ó cuatro metros de espesor. Si éstas son grandes hazañas, señal que ha decaído mucho nuestro ponderado espíritu aventurero. FRANCISCO ACEBAL FOTS. ARCAMASILLA i