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EL GUADARRAMA 7 UCHAS veces en los recónditos valles y en las cumbres del áspero Guadarrama he recordado el libro de Tissot La Suisse. inconnue, porque allí no hay senderos trillados, ni itinerarios cook, ni palcos en que contemplar espectáculos teatrales; allí todo es inédito, todo guarda la hurañía de lo inexplorado, todo se adereza con el encanto misterioso de lo desconocido, la suave intimidad de los parajes jamás hollados por la planta del peregrino. Más de una mitad del territorio ibero está inescudriñada, rasa de descripciones, y en esa mitad meto sin titubear la sierra que por su cercanía á la capital de España es casi una sierra cortesana: desde la corte vemos sus picos refulgir en el invierno, azulear en el estío; vemos su crestería, y sin embargo, hasta los nombres de aquellas crestas son desconocidos para los cortesanos. Exceptuados tres ó cuatro lugares veraniegos, en los que unos cuantos madrileños fingen vida playera, la serranía guadarrameña es una de las regiones más ignoradas. Descontemos la versallesca Granja, refugio de una princesa que rebusca con excelente gusto las exquisite- ces de la vida; descontemos El Escorial, cuya colonia turba con su bullaje, en los meses estivales, el silencioso recogimiento de aquel paraje adusto; descontemos las Navas con sus salutíferos pinares, y Cercedilla con sus lomas peladas; descontemos, si acaso, el caliente hondón de Guadarrama con su manantial, émulo de los manantiales de Panticosa, y el resto de la cordillera es tierra virgen. Y aun estos sitios reales ó populares los descuento sólo durante los ardorosos días de la canícula, porque después, en el transcurso del año, pocos son los madrileños que por allí asoman á respirar la frescura de otoño, á pisar alpinas sábanas de nieve ó recrearse con las primeras florescencias de la primavera. En el estío, sí; un poco de hervor campesino, anhelo versátil de vida pastoril, pero siempre muy cercana del patrón Watieau. Y sin embargo, el paisaje de esta serranía no es veraniego: es áspero, es ceñudo, desdeña galas estivales. Yo no imagino en la sierra verjeles rebosando jazmines, rosas, nai dos y clavelares; la sierra no da flores, como no sean las de la jara, la del piornio ó el cólchico otoñal que esmalta las praderas de los altos puertos; no perfuman su aire huertos como los