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estancias del incomp a r a b l e Gutierre de Cetina- sá su dama de los ojos claros. Mas solo rememoraré una nítida visión de mi adolescencia. Fué un año, por el Cristo de Candas. Tenía yo entonces doce años. Junto á la fuente de S a n t a r ú a un coro dejóvenes, todas muy hermosas y muy simpáticas, entonaban la melancólica y dulce danza prima. Aquel canto ingenuo primitivo, de ritmo lento, removió en mi espíritu algoque estaba dormido. ít o no puedo precisat estas bellas reminiscencias. Sólo sé que me fui acercando al corro. Había allí un tropel de mujer que pert rbó tai espíritu de adolescente fué una. a v i l e s i n a P o r q u e cuando las lindas m u h a chas se alejaron cantando en la nostalgia de esta viej a calle del Rivero, aquello de Calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailea de San ifrancisco... con un ritmo tristón que sólo la jovialidad de aquellas muche- chas alegraba un poco, sé que en aquel momento- -tino de esos momentos que todos tenemos. en la vida y que nunca se repiten- -me marché, cabizb aj o interiormente conmovido por algo muy lejano y iiiuy hermoso... P. GONZÁLEZ BLANCO FOT. HAUSEa V MENET muchachas g u a p a s risueñas, p a r l a n c h í n a s que sonreían, se e. gitaban, chillaban, en una confusión indescriptible que me producía mareos, agradables mareos como los que acjuella misma tarde había sentido en el TÍO Vivo del Campo de Santa Ana. Yo entonces no podía definir por qué; pero i n s t i n t i v a m e n t e quédeme allí toda la tarde, frente al corro, extas i a d o viendo pasar y repasar las esbeltas figuras de las avilesinas, cuya belleza describió el maestro Catupoamor. Yo creo que allí se verificó mi iniciación en el amor al eterno femenino, adorable y casquivano, voluble y delicioso... Y puedo afirmar que la primera Sg! ÉiSIL Í S W S S