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Una aventura C B había acabado la misa de once en San José. Gustavito clavó su mirada sugestiva en las últimas bellezas que descendían del templo como un coro de ángeles: se apartó del grupo Cjue obstruía la acera y salió en persecución de una preciosa institutriz muy rubia y delicada. ¡Qué suerte tiene ese! -dijeron los amigos al verle desde lejos abordar á la encantadora miss. Entre la ondulante cadena de ociosos y devotas desapareció detrás de ella, igual que un perro mimoso colgado de las faldas de su ama. -Es usted monísima... -dijo, mientras la institutriz apretaba el paso. ¿Lleva usted mucha prisa? -Yes, -contestó secamente y sin mirarle. Qué lástimal... Porque yo no llevo ninguna. (Pausa breve. ¿Usted quiere que la acompañe? ¡No! -replicó acelerando la marcha Prado abajo. Caía el sol á plomo sobre la arena polvorienta y reverberaba con chispas de fuego en las vidrieras de las casas. Gustavito caminaba con el sudor adherido á su cuello engomado, A acilantes las piernas y apopléticas las sienes; la incansable miss reía por dentro, mientras resguardaba con la sombrilla su carita inmóvil de porcelana. -Pero... ¡por Dios, no corra usted tanto... Óigame usted... Y acercándose á su oído con la pesadez de una ir- Jt -í mosca golosa, añadió tiernamente; ¿De veras no quiere usted oirnie... ¡No! Ya estaban fuera del Prado. Ella delante y él detrás, subían con la velocidad de un tándem por la calle de Juan de Mena; doblaron la esquina de la de Alfonso XII, y á los pocos pasos, cuando la joven iba á entrar en una casa de lujosa apariencia, el porfiado g alanteador la detuvo en el dintel. ¿Y será usted capaz de dejarme así? -exclamó entre despechado 3 siTplicante, sujetándola por un brazo. Retrocedió la inglesita ruborizada; separó el brazo bruscamente; profirió un enérgico ¡shokingl y descargando terrible puñetazo sobre un pómulo del tenorio callejero, desapareció coiuo jina sombra vengadora en el fondo del ascensor. Gustavito estaba de regreso frente á S a n José cuando salían los fieles de la última misa. Un amigo, gran admirador de sus audacias, le dijo sin ocultar la envidia: ¡Pero qué suerte tienes! Y él, acariciándose el pómulo dolorido, contestó con aire de triunfador discreto: -Pch... Ya ves... ¡Se hace lo que se puede! Después dirigió su hipnótica mirada de águila al grupo de muchachas lindísimas que avanzaban por el atrio, tan humildes... tan delicadas... ¡como un coro de ángeles! L U I S GONZÁLEZ DIBUJOS DE S. WCtlA GIL