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ñon á la boca del hombre. Y es ciertamente justo y debido el culto á la palabra, facultad suprema del ser humano é instrumento donde suena y se manifiesta la razón. La palabra convence á los incrédulos, alienta á los temerosos, levanta á los postrados, despierta á los dormidos y remueve á las muchedumbres, decidiendo su voluntad á la obra y poniendo sus brazos en la ejecución. Y nuestros padres hablaban y hacían. Su palabra era acción, ruido, sí, pero ruido de motor aue mueve la máquina. Con aquel ruido echaron á andar al pueblo contra los ejércitos invasores de Napoleón; con aquel ruido echaron á andar á las tropas liberales contra los ejércitos del absolutismo; con aquel m i d o echaron á andar á España hacia Europa, acercándola algo á la civilización moderna; con aquel ruido se levantaoan las piedras de las calles para las barricadas de la revolución; con aquel ruido se abatían las coronas cuando se trocaban en mitras, mostrando con su caer que las mitras, si sientan bien en cabezas tonsuradas, asientan mal en cabezas gobernantes. Con aquel ruido vibró ha. sta el sentimiento artístico apagado, y lo caldeó la fogosa literatura romántica con oleadas de vida del gran arte de nuestro siglo de oro. Hoy. hoy sigue dominando la idolatría de la palabra; pero la palabra ya no es motor: es música; no es instrumento para la acción: es instrumento para recreo del oído. Verdad que sin ella nadie es nada; con ella se alcanza á toda altura y se abren por encanto todas las puertas: las de los parlamentos, de los ministerios de los palacios, á la manera que el canto y el laúd de los trovadores abrían los castillos y moradas señoriales. Pero no se pasa de eso: de la trova galana y del decir sonoro. El hombre de acción ha perecido; queda el trovador afeminado sin voluntad ni arrestos. -o- Se asiste á los mitins, á los clubs, de donde salían ft i? antes las revoluciones; se asiste á Cortes, de doni de antes salían las libertades, como se asistía en tiempos viejos alas cortes de amor; son justas del ingenio, donde en vez de jugar lanzas se juega iV. del vocablo. ¿Vamos á una sesión de Cortes? Tal vez no podremos entrar; tanta es la gente curiosa que nos acompaña en el deseo. El salón está repleto; se disputan y quizá se venden, como en día de moda de un teatro, los billetes para las tribunas, que se llenan de damas elegantes; todo aquello semeja un espectáculo. Habla un orador de fama: le contesta el de enfrente: la discusión se acalora: se aplaude, se protesta, se grita, la controversia se hace disputa, la disputa tumulto, el tumulto tempestad. Cualquiera pensaría que del debate va á salir la salvación ó la ruina de la patria y que aquellos oradores terribles y fieros irán desde allí á vengar sus injurias en el campo del honor. ¿Que se ha votado? Nada: las oposiciones retiran tranquilamente la proposición que ha provocado la tormenta; los irritados enemigos refrescan juntos en la cantina, y de todo lo dicho queda) n que decía el libro de Hamlet: ¡palabras, palacras, palabras! Vamos á un mitin: las turbas se atropellan por entrar. Se habla, se aplaude, se interrumpe, se vocifera, se enardecen los ánimos, se calientan las bocas, se profieren vivas j mueras, se juran venganzas y se anuncian catástrofes sangrientas. Parece que sólo hay un paso de allí á las barricadas. Se levanta un modesto agente de policía: disuelve el horrendo conciliábulo, y los leones desfilan como rebaño de corderos en perfecto orden de retirada. ¡Palabras, palabras, palabras! ¡Acción! Ya no la hay ni en los dramas, para que la ficción artística no dé mal ejemplo á la realidad social y la acuse con ello de su inacción. Asusta y crispa los nervios- L algo en alguna parte, aunque sea de mentirijillas. El pseudomodernis mo inane, anémico y dormilón, para nivelarse con la vida, prescribe que el arte sea copia de ella, y efectivamente la copia reduciendo el teatro á minucias sin brío y conversaciones sin interés. ¡Palabras, palabras, palabras! Es indudable que hoy se piensa y se habla más y mejor que se hablaba y se pensaba antes. Y si la civilización y la cultura consisten solamente en el progreso de esas facultades, respondamos á la pregunta de arriba que la cultura y la civilización se consiguen á costa del vigor y de la voluntad. Y en cuanto á nuestra España, puede congratularse, contra dictámenes pesimistas, de que se va civilizando, porque va clesustanciándose de la energía que fué médula del carácter nacional. Y ahora la generación enfermiza vea qué le conviene: sí vivir ó hablar mucho. EuGKNio SELLES DiBL JO. í DE M É N D E Z HRIXCA