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Palabras, palabras, palabras 1 A civilización de la humanidad se consigue á costa de su energía, la cultura del individuo á expensas de su vigor, y la vida del pensamiento con perjuicio de la vida de la voluntad? I a pregunta no es ociosa, porque la historia, gran sofista que guarda argumentos en pro y en contra de todo, nos da en e ste caso ocasión á la sospecha y motivos para la duda. I a raza helénica tuvo sus tiempos gloriosos, su edad fuerte, sus heroicidades colectivas y sus heroicidades personales, s u s hazañas, sus conquistas y colonizaciones y hasta sus frases épicas mientras vivió influida por el espíritu espartano, más entregado á los ejercicios corporales y al uso de la voluntad que á los floreos retóricos y al ejercicio del arte. Y cuando llegó al grado máximo de su cultura; cuando fué más sabia, más artística, más académica; cuando hasta las mujeres hablaban con discursos y hacían su gala de la oratoria, acabaron sus hazañas, energías y voluntad, y sufrió sin resistencia el dominio de los romanos, á q u i e n e s los refinadísimos atenienses consideraban como semibárbaros, incapaces de sostener con ellos un torneo intelectual. La palabrería perdió á Grecia. A su vez, los romanos gozaron sus días luminosos de victorias y grandezas, de elevaciones del patriotismo, de virtudes públicas, de poder irresistible, mientras vivieron en las austeridades toscas de la Monarquía y la República. Y descendieron al bajo Imperio, á la decadencia y, por fin, al pisoteo de los caballos de Atila cuando tuvieron completada su civilización y sorDida el alma culta de los griegos. Aquellos Césares degenerados, aquellos latinos sin voluntad ni vigor fueron dominados por los mismos refinamientos enervantes que á ellos les facilitaron antes el camino de Atenas. Grecia tomó venganza de sus señores contaminándolos de su cultura. La palabrería y las sutilezas de los leguleyos perdieron á Roma. El Imperio de Oriente, el gran Imperio de Constantino pereció al llegar á su pomposo refinamiento. Los alfanjes turcos cortaron la discusión de los sabios bizantinos cuando peroraban gallardamente sobre la naturaleza de la luz del monte Thabor. La palabrería y las sutilezas teológicas perdieron á Constantinopla. Todo ser sensible, aun aquellos de especie irracional, tienen la memoria del dolor para no recaer en peligros de que salieron castigados. Sólo los pueblos pierden esa memoria del instinto sin adquirir la previsión del escarmiento. Y olvidados de esas duras enseñanzas de la historia, los pueblos presentes, sobre todo los meridionales, van cayendo aprisa en los males que perdieron álos antiguos. Las sutilezas sustituyen al juicio, la indiferencia á la voluntad y la palabra á la acción. Mirando á nuestra España, se ve más de cerca y más de bulto el cambio del alma nacional. España ha sido un pueblo mudo, mudo por fuerza; no podía hablar fuera del pulpito. Al establecerse el régimen constitucional, la palabra se desbordó copiosamente, y los oradores llenaron nuestra tierra de confín á confín. Xo parece sino que la oratoria tomaba desquite del largo silencio y que salían de golpe y en tropel todas las palabras detenidas durante el período absolutista, de igual manera que rompe atropelladamente el caudal de aguas detenidas, inundando riberas, prados y valles. Al culto de la fuerza reemplazó el culto de la palabrería. Antes, el que pegaba de recio era el amo y señor de la muchedumbre; después, el que hablaba fuerte era el señor y amo de la multitud, seguido y reverenciado con exaltaciones frenéticas. Y es que en las razas de condición fanática, el fanatismo pasa por salto de un extremo á otro. La fe nueva prende y se propaga, como en suelo abonado, con la misma facilidad y el mismo exceso con que agarró el fanatismo viejo. Acabaron aquellos poderes de bronce que el gran Cisneros enseñaba á la nobleza revoltosa, senalando á la artillería como título de gobierno. Los poderes gobernantes han pasado de la boca del ca-