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el agua de la fuente con murmurar de enfado; la luna de plata, mística, soñaba en el cielo... Allá en el pueblo cantó el primer gallo. III Llegó el domingo, y ya arriba se escribe cómo á la hora del alba despertó el día y cómo á sus luces despertaron la Meca y su sobrina Isabel. Y entrando con ella en la cocina, al tiempo que la vieja trenza sus cabellos, la vemos devorar famélica un pedazo de torta de pastor y un buen puñado de higos verdes. Luego apareja al Moro, y aiín más luego ade, wwíí la carga excesiva del fruto nuevo. Las dos mujeres caminan silenciosas, sombríamente silenciosas. El borrico estira los belfos ante las brozas y margallones del sendero, y sacudiendo el rabo lucha por escamparlas moscas que le persiguen zumbando. y así dejan atrás el molino, desde cuyo emparrado les atilló un. perro, y la molinera compadece á Isabel y maldice a l a tía, raposa y bruja, y la yunta de bueyes y el rebaño de vacas apartan los ojos estúpidos de los círculos que su respirar traza en las aguas de la presa, y mugen la despedida. Más lejos, una bandada de gansos grazna desentonada al divisarles... Al fin entran en la primer calleja del lugar, desembocan en la segunda, y de ésta á la plaza, hasta el mediodía mercado. Y en la taberna hacen un alto en la marcha. Presurosa, la Meca dirígese al mostrador á beber aguardiente. La Caracola, en tanto, t e n i e n d o del ronr. al al Moro, espera, á la sombra de un arbolillo, en la plaza. Tocan á misa en la torre de la parroquial. Por junto á Isabel pasan los viejos del pueblo los p r i m e r o s muestran despreciai la. Después las mozas: fingen lástima de la casera de la fuente. Riendo, socarrones, y disparando burlas los hombres jóvenes, á lo último. En la sierra repudian á la mujer que va á la ciudad á entrar en amo -Créeme, S a b e l i c a te lo digo yo que te vi nacer, mismamente nacer- -le susurra la eterna vieja de todos los cuentos; -nadie gnora dónde te lleva tu tía, la bribonaza de tu tía... y como no saben si es de t i grado, pues... vamos, te hacen morros por eso... Tú no debes ir; tffV tu tía lo ordena, convenenciera que es, para vivir de la hacienda de tu madre, que era una santa, ¡Dios la haya perdonado! para bebérseio de aguardiente, para... No, sino: mira i cómo le huía al señor cura, que, enterado de los murmurios, le buscaba las vueltas... Créeme, Sabelica, yo que tú... ¡antes al pantano... Y á remate, la vieja sube á la iglesia, y tambaleándose aparece en el umbral de la taberna la Meca, embria i i) un salto monta Isabel en el borriqui. i I on su pata coja cruza el pueblo j sale i 11. 111. ita el solazo canicular. Las ropas, grue. el sudor se pegan á las carnes, y los r i 1.1, go reverberan en las tejas barnizadas 1 i Mi i JiKo. En la hondonada, el pantano brilla i I p u l i d o reza su rústica hermosura. Enciende el sol las iiicrbas secas, crecida la mañana, cuando por el sendero abajo corren al lugar, á horcajadas en el serón de esparto, la muchachuela, y á pie la Meca aguijando el borriquillo con una vara de fresno que arrancó al cruzar el bosquete. Desiertos los campos, se esponjan voluptuosos bajo aquel sol magnífico. Cantan los pájaros en las ramas de los árboles encorvados hacia tierra á il ii; MÍa las palabras de la vieja; precisa; I, e ella pensaba. Y una canción cínica de su pariente la irrita más y más... Graves las campanadas de la torre, anuncian la ascensión de Dios en la misa. La zagala detiene el borrico y se arrodilla reverente sobre el serón, golpeándose el pecho. Después, y á una voz de la ISIeca, sigue su xnarcha, compasada, lenta, monótona como las campanadas de la torre... F. GARCÍA SANCHIZ DIBUJOS DE aEGIUOR