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EL VIOLINISTA Y EL CERDO EFISÜDIO SENSIBLE f OHO de costumbre, bien d e mafiana se lanzó á la citllc el terceto d e r Airr í JnfV dt Ui Cuatro Ca tí noi, como pompoíiameiite sc habían titulado aquellos tres infelices músicos, sin ¿up n a d i e d Ja. vcrdad s t molestara por tal usurpación. Muy de inanana, ñl ¿o, acertaron á d a r con u n a b o d a Sc buen ttmple- Polkilas, babaucras. chotiscs, fueron pasto d é l o s bailadores, q u e bien af arrados a s u s pareja. 4 como si n o las volviesen á ver más, d á b a n l e gnsto al cuerpo y recreií á los ojos, en tauEo el padrino, blanco obligado de todos los chistes de IEI concurrencíai cuidaba d e m a n t e n e r el ínego s a g r a d o dt los músico con discretas y bien medidas copas de vino. Como digo, eran tres los ejecutantes: el vicuto estaba t n e n m e n d a d o al más resistente, que buscando efecto, en su parcheado trombón, soplaba como sí en v c i de aire saliera l u m b r e d é l a espaciosa boca metálica del instrumento; la flauta, p a r a el se; undo, era un coiilinuo fallo de iirita. -í; bien es v rdad que el hombre a b s o l u t a m e n t e desdentado, no era duefio de contener el a i r t n los momentos de m a y o r peligro; 5 q u e d a b a p a r a las s u p r e m a s delicadezas del arco un violinista, víctiu a cnmo ningún otro del formidable í; ranixQ del h a m b r e jMe río yo- -exclamaba en s u s m o m e n t o s de buen liumor, q u e á veces los tenía- -de los i- j rruoijs ¿Dónde, dc- sde P a g a n i n i h a s t a Sarasate, encontrar un i- írfii jj íiiiás ejemplar? V no mentía. No e r a n m u y cordiales las relacionas entre los de Ln if íca, pues cada u n o apreciaba dJslJTítaniente el éxito. El violinista, m u y Lircgafiadientes, consentía en a c o m p a ñ a r t a n g o s y cositas zarzueleras; él picaba m á s alto; romanzas d e canciones bohemias, aires d e Grieg; el trombón y flauta se dejaban llevar d é l a corriente, Si n o locáramos m á s que lo q u e tú quieres- -le decían al r oí -ií, -medrados audaríamoül ¡Vele con filosofías á u n a j u e r g a a l a a p e r l i i r a d e uu establecimiento, y vi? vís Y el violiniíita loi miraba por encima de U í íinlipnrras, sonrii ndoss m u un s u p r e m o re. Al pasar por la plaza del Carmen, se detuvieron a n t e el p u e s t o de un carnicero, que pedía el J árrpw í todas las maiíauas. Mi buen violiuisla, resignad amen te, tird de arco; pero al a p o y a r con airtore la barbilla sobre la caja del violín, s u s ojillos grises repararou en un hernioso trofeo d e carne, u n a bien modelada cabeza de cerdo, que era u n a tentacidn. El cerdo ííe le aparecía sonriente, voluptuoso. El pobre violinisia suspendíd en silencio el arco sobre las cuerdas, y calld mientras miraba COTÍ arrobamiento al ci rdo que parecía decirle: jVen á mí! Tu 3 0 soy! Luis G A B A t n Ó N DlDUJO tiE hJELINA BOA