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tando sus excelencias. Ks una nermosa cuya amistad encanta cuando se h a resignado uno a soiocar el amor que inspira. Se llama Gloria; tiene veinte años; su familia es una de las primeras de... Yo dejé de escuchar; nada me interesaban ya aquellos vulgares detalles; únicamente retuve el nombre. Pensaba en lo que había oído, miraba á la hermosa, y me complacía en un pensamiento que en vano rechazaba mi cerebro, porque halagaba á mi corazón. ¿Por qué no he de ser yo más afortunado que los otros? -me preguntaba... Conocí á Gloria, y, ¿he de decírtelo? me apresuré á explayar mi corazón y mi oratoria, oratoria sincera, eso sí; pocas veces los labios son tan fieles heraldos del sentimiento como lo fueron entonces los míos. Gloria no tuvo necesidad de responderme; su sonrisa desvaneció todas mis palabras; no era una sonrisa despiadada; fué una sonrisa tristemente amable. No me resigné, sin- embargo; mejor dicho, mi corazón, aunque enmudecieran mis labios, resueltos á no insistir, declaró que él no se resignaba, que consideraba mezquina, monstruosa, la resignación de los que le precedieran. Quizás Gloria oyese aquella resolución interna, porque á veces, al hablarme, sonreía con la sonrisa tristemente amable. Atardecía. Volvíamos de amena excursión, en airosa lancha, con la vela latina izada. La brisa era suave; el mar musitaba languideces; los rayos del sol iban oblicuando perezosamente sobre los acantilados de la costa. Tarde apacible, hermosa tarde, ¡tarde sagrada! Gloria, en pie, reclinada en el mástil, de espaldas á la tierra, miraba la persistente estela en las azuladas leíanlas. Yo iba en la popa, llevaba el timón. Los demás... ¿Iba alguien más? no sé, no los veía... De pronto, los ojos de Gloria se fijaron en los míos, permanecieron fijos, me miraron como jamás me habían mirado, como no miraron nunca. Me estremecí. Déspotas habló ella. -Es extraño, dijo. Y su acento lo era en verdad. No me parecía que lo modulasen sus labios; creía estar oyendo á su alma- -Es extraño- -repitió con la misma voz inmaterial. Y siguió diciendo: -El mar está en calma, pa rece dormido, y siento en él, sin embargo, un estremecimiento misterioso, un singular murmullo nunca los sentí tales; parece que dice algo, que quiere... que anuncia... no sé... Y ocurrió una cosa extraña: la lancha, á impulso de una ola única, suave pero imperiosa, nacida tf vez bajo la misma quilla, alzó la proa repentinamente... Solté el timón... Gloria hubo de perder ei equilibrio, dio un paso, vacilante, y cayó en mis brazos... ¡Gloria! -exclamé. ¡Daniel! -respondió ella. Y nuestras miradas sellaron el amoroso juramento... La lancha continuaba deslizándose apaciblemente por aquel mar azul, grande, bueno, generoso, que me donó á Gloria, para mi felicidad suprema... Lxns DE TERAN DIBUJOS DE MARTÍNEZ ABADES