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j. efe ÜOM XDí Xv IvIiLIi I La tierra es m u d a y el m a r habla. MiCHKLET CoNRlENDO Daniel al depositar en mi amistad el secreto de su dicha, me dijo así: Al mar le debo mi felicidad suprema, al mar azul, grande, bueno, generoso. Quisiera contártelo sencillamente; con sencillez, pero al mismo tiempo también con pasión y poesía; quisiera que percibieses en mis palabras el combinado aroma del amor y del mar, con la brisa salobre de éste, con el hálito de mujer de aquél... No sé lo que me llevó á la ciudad aquélla. Creí obedecer al burgués deseo de ver tierras, sin preferencias preconcebidas, pero tal vez cediera entonces á requerimientos misteriosos. Pienso que hay espíritus amables y bondadosos que á veces encaminan nuestros pasos. I legué á la ciudad, una ciudad hermosa, con amplio rompimiento sobre el mar: ciudad española de mente griega y corazón africano. Aquella misma noche asistí al teatro. No había terminado el primer acto, cuando en el palco frontero á mi butaca de orquesta apareció eUa. No te diré que me enamoré desde aquel instante, que la amé desde el primer momento; no te lo diré, más que por falta de veracidad, porque tal vez no me creerías. Nadie, por lo general, da crédito al amor que brota de un chispazo, á pesar de los inmortales enamorados deJ divino Shakespeare. Pero sí te diré que desde luego reputé á la criatura aquélla por la más hermosa de cuantas hasta entonces hubiera visto, por la más atrayente. Añadiré también que, después de haber agotado infructuosamente cuantos recursos sugiere la mísera coquetería inasculina, salí amohinado del teatro y no dormí á placer toda la noche. Al día siguiente la volví á ver, por la mañana, en la avanzada de un malecón blanco que se internaba por el mar azul. Me pareció aún más hermosa que en el teatro, allí, en el espacio libre, vitalizado por el sol y por la brisa. E n sus ojos bellísimos se reflejaban los juguetones cabrilleos de las abrillantadas aguas. Su tez ofrecía los calientes tonos de la magnolia, con su palidez dorada. ¡Qué hermosa estaba! Quedé sumido en deleitosa contemplación. A poco me sustrajo á ella la voz de un reciente amigo; era un joven de la ciudad. -No me sorprende la actitud de usted- r- me dijo. -A todos nos ha ocurrido lo mismo: á los que aqiií vivimos y á los que nos favorecen con su visita. No hay uno solo que no haya suspirado por esa criatura. Pero todo lo que la pasión puede inspirar á un enamorado, no ha logrado nunca conmover el corazón de ella. Es invulnerable al amor, al amor humano; créalo usted: juzgo de mi deber el advertírselo. Pero tiene una pasión: su amante es el mar. No vea usted en esto una frase lírica, ni la afirmación chancera de un despechado. Ama al mar con un amor insólito. Siempre procura estar con él, ó contemplándole arrobada, como la ve usted ahora, ó surcándole con la embriaguez de la posesión. Es dueña de una verdadera flotilla de lanchas, esquifes y balandras. Gobierna el timón, empuña el remo, maneja el velamen con la pericia del más experto marino, pero, al mismo tiempo, con las delicadezas y los entusiasmos de un alma enamorada. Tendrá usted ocasión de comprobarlo. Yo le presentaré á usted á ella con el mayor gusto. Aparte su indiferencia ante los pretendientes y su pasión hacia el mar, es muy amable y muy discreta; le invitará á usted á uno de sus marítimos paseos; gusta de llevar gente en ellos; no es celosa de su amante; más bien se complace en propagar su culto can-