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gusto y desfallecientes de placer. En un rincón, sobre blanca columna de marmol, un Platón de blanca porcelana miraba calmoso al espacio con sus grandes ojos sin niña. A poco, por la puerta blanca apareció la blanca figura de doña Catalina en hábito de novicia comendadora de Santiago Sentóse mandóme sentar, hablo de cosas purísimas é ideales en el lenguaje de Teresa de Cepeda El Cristo se rnoria de gusto en su crucifijo. Platón, grave, aprobaba con las luces de su calva elocuente. No se el tiempo que pasaría. Se que me dormí blandamente arrullado por aquella sinfonía de platónica blancura, que no volví a ser romántico ni platónico en amores, y que me fui de Valladolid sm pagarle al doctor Beltrán la consulta. diiauoim 11 Recaí en mi enfermedad, porque curado del platonismo amoroso, me entregué con desenfreno á la pasión erótica. Tan esceptico o más que el D. Juan de Byron, adoré sólo la carne, y la carne me venció. Huyendo de mi mismo, llegue a Roma. Un escultor polaco, neurasténico como diez demonios, me dijo; Consulte usted al Dr. Margano. Nunca he dejado de obedecer estas indicaciones, por dispara. w l P f e a -Fu i t efecto, á ver al doctor, y cuál no sería mi sorpresa cuando veo que ine abre la puerta el mismo efebo rubio y desalado á quien viera en Valladolid: El recuerdo de su extraÍ H? H- i? f asalto. ¡Zaquiel! -le dije. El arcángel figurado miró; se puso un dedo en lo. s labfos y nada d jo. Entro en el despacha del doctor Margano, y ¡cielos! era el mi. smo doctor Beltrán, ovalado el rostro, la mejilla saliente, acaballada la nariz, el cuello á la valona y, sobre todo, en medio de los labios aquella marca blanca de un beso apasionado y terrible. -Pero usted es... -iba á exclamar yo cuando sus OJOS imperativos me callaron. Me habló en toscano puro; sus palabras parecían una página de a. siormJor, ntma o del Prznczj, e, de divmo Nicolás M a q u i a v e l o -U s t e d- v i n o á d e c i r m e- e s t á atacido de erotomania. Solo ama a las mujeres por fuera. -Y tocó el timbre y apareció el falso arcáno- el v oí que con blanda voz el doctor decía: -Zaquiel: el señor, al camarín de Muliércula zos, Muliércula, la mujer de fuego, toda sen sualidad inconsciente: una bellísima, una incomparable bestia sin alma. Era lo mismo que todas cuantas yo había conocido en los últimos años, pero más apasionada y ardiente que nino- una de ellas nociendola, como dice la Biblia, me curé ó creí curarme de mi furor erótico y de mi materialismo Y coamoroso. V también me marché sin pagar. 1.11 Pero no me había curado, como creía. Mi desasosiego era mayor que nunca, y al volver de Ñapóles torne a casa del doctor. i -S é lo que le pasa á usted- -me dijo, -pero no hay para eso más que un remedio, y es hacer lo que yo hago: amar a la platónica, por la mañana, en Valladolid, y por la tarde amar á la epicúrea en Roma. Y por la noche amarme solo á mí mismo. -Pero ¿cómo puede ser eso, doctor? -repliqué. -No soy doctor- -me dijo sonriendo; -no soy más que licenciado: el licenciado Eugenio de Torralba CAMPOOSORIO D I B U J O S UE M É N D E Z BKIN GA (NÚMERO 19 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)