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m mclmliáziá Exlramr M I E Ü G E R ha muerto hace unos días en un pueblecillo de Suiza, junto á Vevey. I,o s periodistas y los pensadores del mundo entero han hecho ya todos los comentarios posibles acerca de este grandioso personaje bíblico. Por uno de esos errores sentimentales que la historia rectifica ya cuando los hombres se han secado las lágrimas vertidas en la lucha ó á consecuencia de ella, Krüger nos aparece hoy rodeado de luminosa aureola, mientras que su grande enemigo el coloso Cecil Rhodes; muerto también no há mucho, llevó consigo á la tumba infinitas antipatías y maldiciones. Krüger inconmovible, Krüger impasible, gigante rudo y tosco cual el Moisés de Miguel Ángel, era el ídolo y fué el símbolo de su pueblo, de un pueblo de labradores rudos, de un pueblo parado, de un pueblo que muy á su gusto caminaba en carreta, vivía de sus trigos y sus maíces, leía solamente la Biblia y odiaba al extranjero. Muchas veces se ha dicho en son de elogio qtie el buen Pablo Krüger era un gran cazador que apenas sabía leer. Pues bien; los pueblos cuyos pastores no saben leer están irremisiblemente abocados á convertirse en rebaños á quienes guíen otros pastores que no sean analfabetos. A costa de su noble y bie 11 a vida, á precio de otras mil y mil vidas menos ilustres, aprendió el viejo Krüger la dura lección. Se acabaron las bobaliconas Arcadias de nuestros abuelos; no hay ya pacíficas majadas en donde no pueda entra; r el lobo. Hemos amado y venerado á Krüger quizás por ser el último representante de lo pintoresco en la historia. Placíanos ver en estos tiempos al anciano patriarca, la ahijada al hombro derecho, al siniestro la escopeta, conduciendo las interminables j untas de bueyes que tiraban de los carromatos boers. Después nos agradaba el heroísmo de aquel pueblo épico, los relatos de batallas semejantes á las descritas en los poemas caballerescos. B o t h a Cronje, Dewet, resucitaban los relatos de Ariosto y de Tasso. Pero los poemas épicos se acaban, y sólo no cesa nunca la prosa del trabajo pacífico. Y aquel poema épico se acabó sin qué el protagonista mtiriese. Pasamos de los tiempos de Aquiles á los de Ulises, y el anciano Krüger recorrió, como el rey de Itaca, lejanas y diversas tierras, intentando recobrar la perdida patria. Nos acong ojó entonces á todos el silencio cortés de los fuertes, el llamado egoísmo de Europa ante la desgracia de aquel octogenario ilustre que iba de puerta en puerta pidiendo justicia, como la pediría un niño, c m ochenta años de vida inocente y labriega á las espaldas. Pero la egoísta Europa mi- j- EL EXPRESIDIÍNTE IIKL TRANSVAAL, PABLO KRUGKR raba por sí, velaba por la herencia ilustre de sus sabios, de sus inventores, de sus hombres, que ya no saben guiar carretas; de sus pueblos, que ya no son rebaños; de sus pastores, que saben más que deletrear y disparar un fusil certero. Y en Lonches, en París, en Berlín, el pobre viejo Krüger debió medir toda la extensión de su inocencia y de la de su pueblo. ¡Triste cosa si al cabo de sus años se convenció! ¡Más triste si perseveró en su tozuda ignorancia! ¡Paz á la memoria del gran Krüger! porque el error desinteresado y sostenido á fuerza de sacrificios merece tanto respeto como la verdad adquirida á puros empeños de trabajo y de estudio. Entretanto, el París oficial- ardía en fiestas para obsequiar á su ilustre huésijed el bey de Túnez: es decir, el reverso de Krüger. El bey se acomoda á la influencia civilizadora francesa, y le va tan ricamente.