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-íBah! el amo está cada día má. s sruzllati, -pensó el dependiente, y se fué á hablar con la novia, á la que convidó al teatro. Cuando volvió á la tienda, á la una de la madrugada, quiso inventar la mentira de que había buscado por todas partes, en las sociedades de socorros, en la deleg- ación, en seis alcaldías de barrio, y no le habían dado razón. D. Angelito se enfureció, despidió al chico, quiso golpearle. Por fin, á las dos mandó cerrar, contra costumbre, pues la casa solía estar abierta hasta las tres y media, hora en que aún es grande la animación en las chirlatas y garitos, que alimentan la vida de las casas de préstamos. D. Angelito quedó solo, como de costumbre. Acostóse en su alcoba, un cuartuco que había detrás de la trastienda, y encima del almacén de ropas, colchones y mantas, que ocupaba todo el sótano. En aquel cuartuco estaban la caja fuerte, la mesa con los libros y una cama vieja de caoba. D. Angelito, inquieto y desvelado, se sentó en la cama después de apagar la luz. Pero, señor, ¿qué era lo que le pasaba? Sintió un frío y un miedo muy grandes. Luego le pareció oír un estertor y un grito de moribunda angustia. Luego, ¡ah! luego se le erizaron los cabellos, se puso en pie á medio vestir, se arrastró hasta la puerta de la trastienda... ¡Horror de los horrores! La tienda estaba iluminada, y en ella estaba verificándose la más inusitada é inverosímil acción que ojos humanos vieron. Todos los objetos hacinados en los anaqueles, en las vitrinas, en el escaparate, obedeciendo á un impulso cuya explicación no cabe en los términos de la pobre comprensión humana, se animaban, cobraban vida y huían cada uno en busca de su dueño ó de la parte de su dueño á la cual correspondía usarlo. D. Angelito, aterrorizado, veía ó creía ver las caras de todos los desventurados pignorantes que invadían la tienda y se llevaban lo suyo, y todas las caras, viejas ó jóvenes, arrugadas ó frescas, tenían más ó menos claro, más ó menos remoto, algún parecido con el de la maldita vieja... A quien no tuviese el interés que en ello tenía D. Angelito, le hubiera causado un efecto de danza macabra el ver cómo primeramente comenzaron á danzar las pilas de colchones v de mantas, de sábanas y de cobertores, huyendo frenéticos, desdoblándose, desarrugándose, convirtiéndose en nubes de todos colores, que desaparecían como humo; fugábanse después los mantones de lana, los alfombrados, los de Manila, tomando la forma de unos hombros y unos talles invisibles, á los que parecían adheridos; andando con sandunga y contoneo los de chinos; con ajetreo obreril los de lana; con autoridad y pausa los alfombrados, corneo en busca de novena ó de cuarenta horas. Saltaron luego las prendas de hombre: los gabanes, estirados y apretados hasta hundirse y troquelarse en el paño las formas de los botones de pasta, se inflaban alegremente y salían de la tienda satisfechos; las capas de todos colores se agitaban como si quisieran torear á D. Angelito, y luego se embozaban solas, con placentero desgaire si eran de las flamantes y lucidas, ó se recogían en forma de cucurucho y en torno á impalpables bultos si eran de las viejas y astrosas. Había americanas y marselleses que salían tan ternes, con los codos echados h a c i a atrás, como quien va á los toros. Otras, de pinta burguesa pobretona, salían con los brazos caídos, tristes, como quien vuelve de un entierro. Luego las ropas interiores de mujer invadieron la tienda, llenándola de imágenes seductoras; bailaban las medias, saltaban los pantalones, abombábanse los encajes de las camisas, remangábanse con garbo las enaguas. Formóse después el batallón de los zapatos y las botas, todos nuevecitos y relucientes, porque no se admite el calzado usado; las botas de montar marcaban el paso, crujían las de charol, aplomábanse en el pavimento las de cabra y las de becerro, triscaban los menudos zapatitos infantiles. Seguían en pos los objetos de plata, interminables escuadrones de cucharas, falanges macedónicas de tenedores y regimientos de cuchillos que, al salir de su escondrijo, chocaban, armando un ruido del demonio. Bastones, sombrillas, escopetas y pistolas deslizáronse en compacta formación. Por fin, el terror del usurero llegó á su colmo. Rechinaron los goznes de la caja de hierro que á sus espaldas tenía, y el espacio de la tienda llenóse de piedras preciosas que relumbraban bajo las luces; sortijas, pulseras, alfileres, collares, alhajas de todos los precios, de todas las formas, todo desaparecía, todo se marchab. Llegó el alba; apagáronse las luces. D. Angelito estaba olo medio muerto en medio de la tienda vacía; el mostrador presentaba su lomo desnudo; los anaqueles y las vidrieras bo. stezaban con las hambrientas fauces. Para convencerse de su ruma, D. Angelito desatrancó v abrió la puerta de la calle; entró en la tienda una ráfaga de hielo. Por la cuesta bajaba un hombre con una cajita blanca al hombro Detrás seguía la vieja consabida, llorando. ¿Llorando? No; al pasar por frente á la tienda de D. Angelito, miró y lanzó una carcajada. LEMA: E T I N ARCADIA EGO DIBUJOS Da ESTEVAN (NÚMERO IS UB NUESTRO CONOUKSO DE CUENTOS EANTÁSTICOS)