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Compraventa mercanti! o señora: por ese mantón no la puedo dar nada. Ya usted lo h J, ve. Ks una prenda muy vieja, de un 0 -í! l Jü. color muy manchoso, y luego eso no tiene venta de ninguna de las -ni maneras. Y diciendo esto, el dueño del establecimiento de compraventa mercantil, como llaman ahora á los empeñistas usureros y demás sostenes de la sociedad, empujaba suavemente hacia la puerta á la pobre mujer, que, como m u j habituada á semejantes andanzas, en vez de doblar! t I ii lí la prenda como la había traído, para que tuvie. se cierto airecillo de ropa bien guardada en armario y cuidada por su dueño, se echaba el mant (3 n en los hombros escurridos y aceptábala dura sentencia inclinando la cabecita pequeña y canosa, mientras dos lágrimas asomaban tímidas á las comisuras de sus ojillos ribeteados. Antes de llegar á la puerta volvió á implorar del prestamista, declarando ya entonces su necesidad con patéticas y apremiantes razones. No pedía casi nada: tres pesetas que le costaba una medicina para su niña, y con objeto de ablandar aquella roca, enseñaba al usurero la receta, tinos garabatos trágicos hechos con lápiz por un doctorcillo de hongo raído y capa verdosa, esclavo de cualquiera de esas caritativas y filantrópicas sociedades que l. Uipor una peseta mensual ayudan á morir á sus socios con aparato de médico y botica, para tranquilizar su conciencia. Ni por esas. Rl usurero no se conmovió lo más mínimo. U a hombre sesentón, nacido y criado en una casa de préstamos de las antiguas, horribles antros que se albergaban en pisos entresuelos, obscuros y lóbregos. Decían cpie á D. Angelito (que tal era su nombre para m a y o r sarcasmo) le había pando su madre sobre un rimero de colchones empeñados, y que cuando niño usó mantillas, gorros y faldones en donde s e veían todas las marcas conocidas. Rico y avaro cuando viejo, aún conservaba la costumbre de no comprar pañuelos jamás. Así, cuando padecía el catarro q u e le acometía todos los inviernos, veíasele sacar del bolsillo alternativamente pañuelos marcados con todas las letras del abecedario y con todos los enlaces que la fantasía sugirió á la bordadora, y hasta algunos con fechas, frases y dedicatorias amorosas á tan triste extremidad llegados. La mujer se convenció, por el ge. sto de D. Angelito, que no había manera de humanizarle, y entonces una llamarada de ira subió á su rostro. Poco sabe de indignaciones quien no se haya visto en el caso de que le rechacen una prenda empeñable. Roja como un tomate l a cara, en jarras los puños, la mirada extraviándose por los repletos rincones de la tienda, la mujer soltó á D. Angelito en sus barbas la más terrible sarta de injurias y maldiciones que el hombre había oído jamás, y eso ciue tenia un repertorio que n o cabría en el Diccionario de Autoridades. La última frase se le quedó grabada al usurero. Las palabras execratorias parecían haberse quedado flotando en el ambiente alcanforado de la tienda: Permita Dios que si se muere mi niña, se vea usted el mismo día lo mismito que me veo yo hoy. Poca operación solían hacerle á D. Angelito las maldiciones ordinariamente, pero aquella fue dicha con un acento tan hondo, con tan reconcentrado odio, que se le metió en el alma, y allá dentro se le quedó royéndole, royéndole. Toda la tarde estuvo distraído. Por l a noche durmió mal: se le figuraba que andaban en la tienda, que oía rechinar los tornillos de la caja de hierro donde guardaba las alhajas de más valor; la cara odiosa y feroz de la viejecilla se le había quedado estampada muy adentro; sus voces chillonas le desgarraban los tímpanos. Cuando muy temprano vinieron los dependientes, D. Angelito les regaño diciendoles que era tarde; luego se quejó de que le dolía la cabeza. Mandó traer café bueno, del café, en vez del recuelo con que solía regalarse, comprado al tío del puesto de la esquina. Todo el d í a estuvo preocupado. A media tarde preguntó á los dependientes si conocían á una mujer de éstas de las otras señas. ¡Tontería! Mujeres de aquella catadura entraban todos los días en la casa de préstamos. ¿Quién había de recordar? Sin embargo, D. Angelito insistía. Bien se le alcanzaba que aquello era una preocupación infantil; cosas de chicos, que chicos son los viejos al llegar á cierto límite. P e r o no importaba; era preciso averio- uar, buscar á la mujer, darle sus tres pesetas, recogiéndola el mantón... ó en últ in 3 extremo, sm recogérsele. Y, nervioso, calenturiento, extendió la papeleta y se la dió á uno de los dependientes, encargándole que no dejase de buscar á la mujer pequeñita, canosa, con los ojos llorones ribeteados... m ¿ar I