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-Nadie alzará el velo de lo que es, fué y será, -dijo el egipcio sentenciosamente, mientras Arquenasa niurnutraba: -Basta observar la vida para comprender que los dioses no existen. -Está segura de ello- -habló Calicles. -Sólo Thamar puede creer en seres supremos y perfectos que gobiernan sus actos. Nosotros nos emancipamos de tal tutela. Nuestros espíritus no son pajarillos presos, y vuelan, cantan y gozan sin sentir cadena alguna que les sujete al mundo. -Nuestra religión es grande. Consuela en algo el espíritu cansado- -dijo Zohak, -pero no le satisface. -En Amoun se reconcentran todas las perfecciones del universo, pero se esconde entre sombras, sin salir de ellas á pesar de nuestros ruegos, -salmodió el menfita. -Ignoramos, por tanto, el bien absoluto á que el hombre aspira. Oyéndoles Thamar, se encogió de hombros y se fué á acodar en la balaustrada de la terraza. En aquel instante salió de la sombra de la calle y entró en la zona de luz un hombre empolvado y harapiento que caminaba despacio, apoyándose en una vara y llevando en la diestra el ramal de una pollina, donde cabalgaba una mujer joven de dulcísima fisonomía. Sobre el pecho de la mujer se doraban los rizos de un niño dormido, y el sol poniente enrojeció las vestiduras de los viajeros, que salían un instante de la sombra para tornar luego á ella. Thamar reconoció en los trajes y en los rostros de los viajeros algo que la rejuveneció y tornó poi un instante á la patria lejana. Llamando á un esclavo, le ordenó se acercase á los caminantes y les preguntara quiénes eran y de dónde venían. Eos ojos de la hebrea seguían el lento andar de la cansada pollina, cuando Arquenasa la llamó riendo A r r a n c á n d o s e á su contemplación, Thamar se llegó á sus amigos, que la recibieron c o n gran alborozo. -Divina T h a m a r- -dijo C a l i c l e s con voz burlona: -tus invitados, ansiosos de d a r t e las gracias por tu hospitalidad, creen que el mejor pago de ella es repetirte el axioma que Calicles el ateniense, Lucio Anneo R u b i r i o noble romano y comensal del César, Hib el menfita y Zohak el persa, sabios profundos todos, exponen al juicio de tu alma ingenua. Bebe primero este meritísimo néctar, y después escucha. -Calicles llenó la copa de Thamar con un vino claro, sobre el que sobrenadaban rojos p é t a l o s de rosa, y entregándosela á la hebrea habló solemne é irónico: -Tan cierto como tus labios recuerdan el amor, este rubio vino el oro, esas hojas de púrpura la sangre, y que estas tres fuerzas gobiernan el mundo, lo es que ninguna religión pasada, ni presente, ni futura, dará al hombre la felicidad que ansia, pues a u n q u e le ofrezca mucho, más pedirá n u e s t r o espíritu, tan insaciable como el buitre de Prometeo. Así, vive, goza y muere sin cuiu, 1 j íecta naturaleza humana concede las perfecciones que nunca alcanza rá. Bebe. Pero Thamar, abrumada por aquellas palabras, no bebió. Dejóse caer sobre el suave lino de su tríclinio, tan triste y abatida, que no reparó en el vino que huía de su copa inclinada, ni escuchó la voz del esclavo que, vuelto de la calle, le decía: -Ama, los viajeros por quienes te interesabas vienen de Judea, huyendo de Herodes, tirano de Jerusalén. El hombre se llama José, la mujer, María, y llevan consigo un niño de pocos meses. M. 4. URICI 0 LÓPEZ ROBERTS DIBUJOS DE MÉNDEZ BRING