Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
i 1 1. f K -V í y be tristeza de I ha mar huéspedes y exclamó airada: ¿Cómo puedes decir tales cosas? ¡Qué insensatez la tuya! De creer tus palabras, los dioses serían malos, ya que lo son algunos de nuestros apetitos, y mi Dios es bueno. Hizo brotar el agua en el desierto, curó las heridas de ias serpientes, castigó á los sacerdotes culpables. Arquenasa, la hermosa griega que había escuchado sonriente á Thamar, le respondió con dulzura: -Te contradices tú misma, ¡oh bellísima Thamar! Si tu Dios castiga, no es bueno. -ajusto y bueno, -afirmó la hebrea. -No, amada Thamar; no es bue lo esencialmente, -siguió Arquenasa. -De serlo, no permitiría la existencia del mal en el mundo, aniquilaría el dolor en vez de remediarlo y... ¿Acaso tus dioses han hecho eso que dices? -interrumpió Thamar, irguiendo sobre el asiento su cuerpo hermosísimo. -Esclavo, llena esta copa, -dijo entonces tranquilamente Lucio Anneo Rvibirio el senador. -Una vez llena, el noble romano se dirigió á las dos mujeres y les habló con gran calma. -Abandonad discusiones indignas de vuestros labios de rosa y humedecedlos en este divino Falerno, iiesco y aromático. ¿Qué os importa que los dioses hayan ó no aniquilado el mal? ¿Dejaréis de ser bellas por eso? ¿Careceréis de adoradores? Sois jóvenes, sois amadas. El día muere con maravillosa pompa, en esta terraza se disfruta de agradable frescor, estamos tranquilos; gocemos en paz del momento presente y brindemos ahora por el divino Tiberio, por la hermosa y noble ciudad de Menfis que nos hospeda, y por vuestras gracias que embellecen nuestra vida. Las mujeres obedeciendo al romano, bebieron. Zohak el persa y Calicles también se unieron al brindis; sólo el menfita Hib se negó, diciendo que un voto le vedaba beber vino en su patria. Luego los esclavos acercaron á los invitados de Thamar mesitas cargadas de manjares, servidos en platos de finísima arcilla amarillenta y rodeados de coronas de narcisos y de acacia. Por un instante callaron los huéspedes, mientras una brisa fresca llegaba del rojo cielo crepuscular, anunciando la próxima noche. Al soplo del viento flamearon las telas de los trajes, y la lona que entoldaba la terraza atirantó sus cuerdas y se infló como una vela. Sobre el poniente se confundían las macizas moles de los templos en una masa confusa sobre la que surgían, cual brazos implorantes, las agujas esbeltas de los obeliscos. En la calle moría la luz; sólo frente á la casa de Thamar un último rayo de sol, pasando sobre la terraza, ensangrentaba el muro frontero, roído por los jeroglíficos. Masticando lentamente, dijo Zohak el persa. -Los males son necesarios en el mundo. Aun el mayor de todos, la muerte... -No llames mal á la muerte. La muerte es envidia de los dioses, -murmuró Arquenasa- -Supremo deleite, última voluptuosidad con que nos obsequia la vida, -dijo el senador. -No os riáis d é l a muerte, -exclamó Thamar estremecida. -Sois más sabios que yo. Habláis de gentes que no conozco, de cosas que no comprendo; pero me parecéis locos cuando os oigo desear la muerte. Yo ansio vivir mucho, y si pudiera ser, vivir siempre. -Demócrito de Abdera- -dijo Calicles- -murió á los cien años y maldijo a los dioses que le castigaron con tan larga existencia. Cuando el filósofo de Agrigeute quiso descubrir la verdad en el cráter del Etna, los dioses dispusieron de su vida, mostrándole así que la muerte es la única verdad del mundo. -Los dioses... Di mejor las fuerzas, lo inexplicable; no los dioses, -replicó Rubirio. -Tienes razón, -afirmó Calicles. -La palabra dios es la máscara con que ocultamos la obsctiridad de lo desconocido. los pliegues de manto. -Sólo Los dioses no existen. -düo Calicles el ateniense, ordenando por un instante lasucortesía debida áson divinizaciones de nuestros deseos. -Al oirle, Tliamar olvidó los