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solver diferencias de honor. ¿De qué vivía? Casi siempre estaba convidado. Por lo demás, era hombre sobrio de necesidades. Su trato era codiciado, y sus amigos tasaban en alto precio sus opiniones. -Y ese episodio, Ventura, ¿es de los que la amistad puede revelar? -preguntó el marqués. ¡Y qué hay que no se pueda revelar! -repuso Ventura con escéptico gesto. -Es cuestión de circunloquios; es decir, de palabras. -Venga la historia, pues- -exclamó con su vozarrón de órdenes el oficial de Caballería. -Aunque yo no estoy muerto de curiosidad, creo que digeriré mejor si te decides á contarla. Hubo un momento de silencio. Ventura puso un terrón de azúcar en el vaso con agua y esperó á que se disolviera. Entretanto, los demás comensales, con la atención suspensa, fumaban. Ventura se bebió parsimoniosamente el agua, limpióse el lacio bigote con la servilleta, y anunció la historia con dos ó tres golpes de tos. El auditorio se impacientaba. -La duquesa de Soldevilla ha sido mujer muy hermosa. dijo Ventura. -Y lo es, á despecho del tiempo, -añadió el artillero. -Fué en sus verdes años- -continuó Ventura- -una de las bellezas más paseadas, exhibidas y codiciadas de Madrid. (Pausa. De su matrimonio con el duque, concertado cuando éste había ya traspuesto la cuarentena, tuvo cuatro hijos: el mayor, Cándido, que es ingeniero de Minas; la; segunda, una niña que murió á los pocos meses de nacer; el tercero, Duis, diputado á Cortes, y la cuarta, Esperanza, que está casada con Mariano Arenales Es de la segunda de quien voy á hablaros (Pausa) El duque, como la generalidad de los hombres que se casan ya maduros con muchachas, no contrariaba nunca los deseos de su mujer. Sus condescendencias con ella no tenían límites. É r a l a duquesa el eje de la morada familiar, y aun en aquellos asuntos que pendían de su marido, se consideraba indispensable el beneplácito de la mujer. La voluntad de Anguístias- así se llamaba- -era el arbitro de todo. La pereza del duque descansaba en ella como en el más cómodo cabezal. Todos sabéis que aún hoy día la duquesa no se sustrae de la vida de sociedad. Va á los bailes, comidas y saraos para recrear sus ojos y sus oídos; tal vez para comparar las vanidades que distinguían á la juventud de su tiempo de la mocedad actual. Hace algunos años, y muerto ya el duque, Angustias bailaba todavía con el voluptuoso ardimiento qne ponen en ese deporte las muchachas de ahora. ¡Figuraos lo que sería un cuarto de siglo antes... (Pausa) Una vez la duquesa fué invitada á un baile que se daba en el palacio de Medinaceli para recoger dinero con que aliviar á las familias lastimadas por las inundaciones en Andalucía. Entre las novedades dispuestas para capturar las pesetas de los hombres, hubo una inolvidable: una rifa de besos á diez duros la papeleta. Las damas rifadas eran las más hermosas y seductoras de Madrid, y el favorecido en el sorteo tenía derecho á besarlas en la frente en presencia del concurso. A pesar de lo inocente de aquel albur, se recaudaron más de diez mil duros. (Pausa. Pero vamos á lo que importa. Con el baile famoso coincidió la enfermedad de una niña: la segunda hija de la duquesa de Soldevilla. La madre, inquieta y alarmada, temió que la mala sakid de la niña estorbase su intento de asistir á la fiesta de Medinaceli. Transcurrieron los días, y la niña, lejos de mejorar, se agravó. ¿Qué hacer? La duquesa pidió una tregua á sus sentimientos maternales, y se propuso, de todos modos, no faltar al baile. Oró, imploró del cielo la salud de la niña, vertió lágrimas en plena tribulación, pero sin volver de su frivolo acuerdo. Todo su prestigio mundano habría quedado comprometido con la ausencia. (Pausa. Una noche, la misma cabalmente señalada para el baile, entró la doncella, toda azorada y en lloros, en las habitaciones de la dama. ¡Señora, señora! dijo con trémulas voces. ¡Socorro! ¿Q u é ocurre, Francisca? -preguntó la dama, sobrecogida. ¡Que la niña ha muerto... Y rompió en lágrimas ruidosamente. La duquesa se hallaba á medio vestir sus galas de sarao. Convulsa y demudada por el dolor y la cólera, y en toda la fuerza de la desesperación, se acercó al oído de la doncella y la dijo: -Oye, nada digas hasta que yo vuelva del baile. ¡Es un compromiso! Cierra la alcoba, y que no te vean los demás criados. Luego proveeremos. Hubo un largo silencio en el que todos los pensamientos confluyeron á una interrogación, que el marqués se aventuró á formular tímidamente: ¿No iría? -Estuvo en el baile, y al regreso, después de desnudarse, atronó la casa con sus gritos de conster nación y de angustia... -repuso Ventura. En seguida añadió por todo comento: ¿Es una mujer fuerte... ¿Es una malvada? ¡Quién sabe... te M A N U E L BUENO DIBU. 10 S DE M É N D E Z l i R I N G A