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p N el curso de la comida se habló poco y con dilatadas patisas de silencio. De los seis comensales que la casualidad había agrupado aquella noche en torno de tina mesa en el comedor de la Peña, uno estudiaba con tenso interés las alternativas de la partida que se jugara aquella tarde en la sala del círculo, impresas en dos cartulinas; dos leían periódicos, y los demás parecían absortos y cavilosos. Eran amigos, camaradas de la adolescencia, condiscípulos en la escuela; se tuteaban, y no obstante los recuerdos comunes y la familiar llaneza de sus modales, no era su trato cordial. El que atendía á las desordenadas vicisitudes del juego impresas en las cartulinas era un marqués andaluz, de edad madura, desgarbado, de noble rostro, ojos obscuros de franca mirada, nariz prominente y carnosa, y bigote y baríia entrecanos; Su empedernida sordera consentía á los amigos del aristócrata las burlas de palabra más aviesas ofensivas. De su matrimonio con una hermosa dama gaditana tuvo cuatro hijos, á los cuales no dis- pensaba el marqués el menor cuidado; jugaba fuerte y sin apocamientos, y perdía casi siempre, á tal punto, que sus amigos, viéndole tallar, decían festivamente: -Jerónimo está preparando otra celda para sus hijos en el Hospicio. A los postres, la fuerza enardecedora de los licores desató la locuacidad de los comensales. ¿Cuándo es el viaje á Montecarlo, Jerónimo? -preguntó uno de los amigos. -Xo lo sé- -repuso el interpelado. -Gon los cambios á cuarenta, no hay quien pase la frontera. Yo pensaba acompafiarte, pero acaban de destinarme al campo atrincherado de Gibraltar, -exclamó uno de los presentes, capitán de Artillería, bajito, de ojos azules, barbirrubio, taciturno y de pocas v medidas palabras. Solamente el juego vencía su reserva. En la partida hablaba sin tasa, blasfemaba, y sus puñetazos sobre el tapete eran siempre una invitación á la hilaridad de sus amigos. A computársele sus fraudes á los usureros como servicios á la patria, el capitán Alvaro Serrano ceñiría á estas fechas el fajín del generalato. -Esa ganga se la debes á los japoneses- -dijo otro de los que compartían la cena, militar también, buen mozo, caballista de gran crédito, á quien su parentesco con un grande de España daba ingreso en todas las moradas d é l a aristocracia. -Yo- -continuó- -no pienso salir de Madrid, á menos de que me incorporen al Estado Mayor ruso... Antes de ir á Canarias, Baleares ó Ceuta, pido la excedencia. -Yo espero también estar de vuelta en Madrid muy pronto. He movido á gente que tiene mucha mano con el ministro, -arguyo el artillero, doblando al descuido su servilleta. -Es inútil que te afanes. Él general no atiende á nadie en estos casos, -contestó el de Caballería. -La duquesa de Soldevilla me ha prometido que vendré á Madrid en la primavera próxima... Y ya sabes que esa señora no promete las cosas en vano... Es terca y de carácter... ¡Admirable mujer! -exclamó el marqués jugador... -El temple de su alma es más varonil que femenino- -añadió uno de los comensales. -Circulan á su costa historias que parecen inventadas... -Y lo serán de fijo- -repuso el artillero. -Ea duquesa es una dama de costumbres intachables. -Y muv virtuosa, -agregó el marqués. íadíe pone en duda sus virtudes- -contestó el que antes había hablado de historias. o conozco un episodio de su vida, que me negué á creer hasta que una persona de la intimidad de la duquesa me lo confirmó. ÍPausa. J ¡Yo no sé cómo considerar á esa dama, si como un ser fuerte, de imperiosa voluntad y de singulares dotes para sobreponerse á sus estados de espíritu y disimularlos, ó como un alma dura, insensible, diamantina! Era el que hablaba un tipo harto frecuente en cierto medio social, para que el lector no haya reparado en él No procedía de la aristocracia, sino de la burguesía bien acomodada; de ese mundo de abo -ados hábiles, audaces é intrigantes que surte de estadistas á España. Llamábase Ventura Heredía- era hijo de un exministro, v aunque se daba buen porte, todos sus amigos desconocían el origen de sus recursos. Su cultura, más decorativa que honda, y muy extensa para lo que se estila entre el señorío, le consentía lucir en todas las conversaciones una superioridad de ingenio que nadie le disputaba Era discreto v ameno colector de anécdotas, que refería á la más velada insinuación con frase ao- uda v pintoresca v por el hecho de frecuentar las salas de armas, reputábasele como perito en re-