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ZODIACADA MENSUAL LEO N el camino de Argos á Corinto, entre Cleones y Fliunte, se alzaba la ciudad de Nemea, celebérrima por los juegos consagrados á Júpiter, donde se hizo inmortal el citarista Pílades Megalopolitano; donde se destrozaron el cráneo en combate singular Damoxeno de Siracusa y Creugas de Epídamno; donde, en fin, contendieron tantos campeones cantados por el tebano Píndaro en versos incomparables. ¿Sabéis quién estableció estos juegos, anteriores á la existencia de Aquiles y de todos los héroes de la Iliada? Los fundaron los siete héroes que marchaban sobre Tabas á combatir á Eteocles: su hermano Polinice y los otros seis. ¿Cómo fué esto? Los siete jefes marchaban al asedio. Era, como ahora, en el mes de Julio. El sol caía de plano en la llanura de Argólida. La sed se apoderaba de los combatientes. Encontraron una joven llamada Hipsipila d e Leninos, la cual amamantaba á una criatura. También estaba c a n s a d a rendida por el calor; dijo á los guerreros que ella sabía una fuente. Dejó el niño á la sombra de un laurel. C u a n d o volvió, E después que Polinice y los suyos h a b í a n apagado la sed, el niño estaba muerto. Una serpiente le picara. Los siete jefes se miraron graves, conmovidos. No sabían cómo consolar á la cuitada madre que por ellos se había sacrificado. Entonces, á uno de ellos se le ocurrió cortar del laurel unas hojas, t renzar toscamente una corona, disputársela entre todos para honrar con estos juegos fúnebres y expiatorios la memoria del tierno infante. Y en medio del tórrido calor de Julio, los héroes combatieron ¡pueblo fuerte, raza generosa! para consolar á una madre triste. Luego siguieron su camino hacia la infortunada Tebas. Mucho antes que hubiera serpientes en aquel lugar, entre Corinto y Argos, había leones. Siempre, cuando se extingue la raza de los leones, aparece la raza de las serpientes. Espantoso y terrible era el león de Nemea. En una vasta caverna rocosa se refugiaba; á la puerta ó encima de la roca atemorizaba tierra y cielo con sus rugidos, cuando ved aquí que de lejos vio acercarse á un héroe de recios y doblados miembros, de cabeza pequeña, de expresión dolorosa y firme al par, procer por la estatura y por el imperio de los ojos dominantes. Era la fuerza inteligente movida por el dolor; la razón que antes fué locura: Hércules, Heracles, Alcides; como queráis llamarle. No llevaba consigo la terrible maza, ó no quiso usar de ella. Acercóse paso á paso al león; recibió en su pecho la acometida de la fiera; le hundió ambos puños en las fauces; se las desgarró, y volvió al animal de cabeza á rabo, desollándole como desuella á una tímida liebre el experto cazador. Luego sobó la piel con cachaza, hasta desangrarla y desengrasarla; se echó á la cabeza, á modo de yelmo, el duro cráneo del león; á la espalda la piel; sobre el pecho desnudo cruzó las garras poderosas de la fiera... y respiró satisfecho. Había dado cima al primero de los Doce Trabajos. Porque claro está que Hércules representa al civilizador de Europa, y antes que abrir los istmos y que limpiar los establos y que apoderarse de los malhechores, debe ser en toda obra civilizadora acabar con las fieras, con la ignorancia y la brutalidad, con todo lo que representa el león de Nemea. Y fijaos bien que Hércules no intentó domarle, no; le mató. Sucedió esto otro día del caluroso Julio. Y los griegos, no sabiendo qué hacer con el león, le pusieron en el Zodiaco. Y en medio del cielo está, y puede vérsele en estas noches estrelladas. DIBUJO DE XAUDARO W. E.