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L E C DB HISTORIA p N la escuela. Pausadamente da las once el reloj del campanario. Es mañana de Junio llena de sol: por las ventanas, que están abiertas, se ve el cielo azul que brilla y rebrilla, y se ven las copas de tres acacias; sus floridos racimos marfileños derraman en el aire el incienso oriental de su aroma, que engendra ensueños y perezas. Se oye el tintinear de un martillo que, en la fragua cercana, cae sobre un yunque. Entra una abeja en el salón de clase, y sale colíio entró, runruneando con aire de priesa y zumbido de malhumor; los chiquillos levantan los ojos y envían en pos de ella un suspiro añorante; en el aire de fuera, dorada por el sol, la abeja es como una borla de plumón amarilla desaparece tras el tapial de un huerto. El maestro es viejo: calvo y de luenga barba color de marfil sucio, tostada como está por humo de tabaco. Arrastra la lección con un supremo esfuerzo de fe decrépita. Y luego el verano es grande enemigo de lecciones; el calor, que es vida, cosquillea en los cuerpos muchachiles é incita á los espíritus al dulce vagar. Míranos, gózanos y no pienses- -dicen las burbujas vibrantes del aire hecho luz; -m í r a n o s- -y acarician blandamente los párpados, que al halago se cierran, -míranos, gózanos... y después duerme. Un campanillazo hace eco al sonar del reloj. -Atención señores. ¡Una! L o s alum- nos se p o n e n en pie. -Lección de Historia. ¡Dos! -Los alumnos vuelven á sentarse. -A ver tú, Celestino, la lección. -Oiga, usted, D. Antonio, ¿por qué dice el libro que la Historia es maestra de la vida? -Porque enseña á vivir con los ejemplos de aquéllos que vivieron antes que nosotros. Sí, hijos míos, en el ejemplo augusto de vuestros mayores encontraréis segura regla de vida, norma de conducta, carril de actividad; respetad vuestra historia y seguid las gloriosas lecciones del pasado; aprended á ser fuertes, como fueron fuertes nuestros padres y nuestros abuelos; no olvidéis las gloriosas tradiciones; que revivan, merced á vuestro esfuerzo, las edades en que España fué señora del mundo. Ahora, hijos míos, España es pobre y está triste, pero nuestra bandera. -Señor maestro, ¿por qué hay que saludar á la bandera? -Porque representa á la patria. ¿Y qué es la patria? -El país en que hemos nacido, y por el cual debemos estar dispuestos á morir. ¿Y hasta dónde llega la patria? -Contesta tú, Carlitos. -Por el Norte, hasta los Pirineos. ¿Y qué hay después de la patria? -Francia. ¿Y Francia no es patria? -Sí, hijo mío, patria de los franceses. ¿Y cuál patria es mejor, Francia ó España? -Las patrias son como las madres: cada una es la mejor de todas para sus hijos. Pero empecemos. A ver, tú, Enrique, la lección. (Recitando. Las tropas, al mando de Pizarro, realizaron la conquista del Perú. -Señor maestro, ¿qué es realizaría conquista? -Apoderarse de un país. ¿Y eso es bueno? -Es gloria nuestras conquistas son nuestros laureles. -Oiga usted: y el Perú ¿era de alguien? -Sí, hijo mío. ¿De quién? -De unas gentes, los indios que vivían allá. Dios sabe desde cuándo. ¿Y que habían nacido allí? -Justamente. -Entonces, ¿el Perú era su patria? -Su patria. ¿Y cómo se la dieron á Pizarro? -No se la dieron; los españoles eran los más fuertes, y... ¿Se la quitaron? -Lucharon noblemente, y vencieron. ¿Y quién les mandó ir? -El amor á la gloria. ¿Y ya no hay indios? -No. ¿Y dice usted que es bueno eso de entrar en una patria ajen a y quitarle á la gente lo que es su 5 o? -Niño: la conquista siempre ha sido el derecho de los pueblos fuertes. Sigue la leccitín y no te metas en honduras. -Las principales batallas... Al atardecer. Como bandada de gorriones se desparraman los chiquillos, saliendo de la escuela. De pronto suscítase en la tui ba como un remolino; fórmase un núcleo; hay parlamentistas que siembran ideas, sin duda graves; isuenan aplausos gritos de entusiasmo; un palo se levanta, que lleva en el extremo prendido un trapo rojo. ¡Salve la bandera! Aleteadora, la enseña guía el grupo, que da vuelta á la plaza, y siguiendo el camino que en la mañana siguió ía abeja, escala el tapial de una huerta. ¡Ay, pobres guindos los del señor maestro! La barba marfil sucio surge en el hueco de una ventana. ¡Picaros, ladronzuelos, allá voy! ¡líabráse visto canalla semejante! ¡asaltarme el huerto, robarme la fruta! Y el rapaz argüidor, izando el trapo rojo: -No, señor maestro; ladrones, no: conquistadores; somos los fuertes, porque somos muchos y traemos bandera. ¡Viva España! -exclama gozosamente la chiquillería, repleta de guindas. BI 3 C. 0 E K. L. CKS MARTLNEZ SIERl- i