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dos, veiigados ya, se alejaban, el médico desunció al poeta, que triste v maltrecho sentóse iunto á la nona, recibiendo consuelos y cuidados de aquel hombre que era uno denlos más ofendidos por su novela 1 TTi- 7 J T medico, nos ha abofeteado con nuestros defectos, v yo voy á responder á la ofensa liablandole con franqueza paternal. -Debo á usted la vida; puede decirme lo que guste, exclamó el joven. -Nada que no sea verdad, replicó el médico, y luego añadió: Usted ha leído muchas páginas de los h b r o s y muy pocas del mundo, y aun aquéllas sin medida ni distinción... Está usted en el caso del mono de la botica, ¿No conoce usted esa historia? E: scúcheme usted... En un pueblo había dos farmacias: una muy aparroquiada y la otra no; el dueño de ésta, para atraer las gentes y despachar sus generos, compro un mono gigantesco de la familia de los chimpancés, domesticado y tan inteligente que, clecian que no hablaba por no trabajar... Sin embargo, enseñóle el farmacéutico á envolver frascos y cajas detrás del mostrador, adonde acudía el público fascinado con tales novedades No era el chimpancé aun siendo un mono, tan cerrado de mollera que no se le alcanzara que aquellos botes v cacharros de la farmacia lograban la virtud de curar enfermedades y lacerias, puesto que allí observa- ba en muchas personas, dañadas por tumores, heridas y otras dolencias, aplacárseles el mal y amortecérseles el dolor con la aplicación de tales remedios. Así, pues, cierta noche en que el mono se vio acometido de un cólico, entre las ansias y angustias de su dolencia bajó á la botica cuando apenas clareaba el día, y deduciendo que si una medicina cura en varios días, todas las medicinas curarán en el acto, comenzó á probar y á gulusmear, uno tras otro, el contenido de todos los cacharros, de todos los frascos y de todos los botes de la farmacia, hasta que, tropezando sus labios con un veneno violento, cayo al suelo presa de horribles convulsiones, tras las cuales quedó muerto ¿Que tengo yo que ver con ese mono? replicó el joven modernista. -E s c u c h e usted... dijo el médico. A usted le han enseñado á recitar asignaturas, á repetir palabras pero en ninguna parte a meditar y discurrir por cuenta propia, v una vez degenerado por el estudio y convertido en un ser inferior al hombre, aunque algo superior al mono, le han lanzado hacíalas bibliotecas publicas, donde ha entrado usted como el mono en la botica, con ansias interiores é insana libertad, y por saciarla ha libado su espíritu morboso en todos los cacharros de la tienda científica lo mismo en el agua sedativa de Feíjoo, que en el cerato económico de Bastiat, que en los revulsivos de Larl Marx, que en el acido prúsico de Nietzche: y ya con el embrutecimiento y la embriaguez de tantos venenos, va usted por el mundo dando tropezones sin saber la tierra que pisa, v es usted conducido a este pueblo á ser ludibrio de la chusma, á caer en las redes de un paleto, y á dar con oran iusticia, vueltas a una nona, recibiendo conjuntamente una ración de experiencia y de palos que le serán de mayor provecho que los delirios de la filosofía á que se entrega, porque de este modo se acostumbra usted a leer expenmentalmente en el gran libro de la vida, que es el que nos enseña á distino- uir unos tarros de otros, para que no nos ocurra lo que al mono de la botica. D I B U J O S DE REGIDOR RAFAEL TORRÓME