Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
í: ElMONODEUr lli í S T o x una crisantema en ricana, el pantalón ce el rostro imberbe como e mirada escéptica como la u. ven Amadeo, gran modernista, llegó á ViUatuerta, donde tenía posesiones, á distraer sus tedios, á engrosar la colonia veraniega y á espurrear con la charla el veneno de sus extravagantes pareceres. Era doctor en filosofía, poeta, novelista, fiero pedante, fecundo teorizante y gran estudiantón. Su cerebro parecía una caja de riquezas y de guiñapos ajenos, donde no había propio más que los delirios de un alma pequeña con anhelos de ser grande. Cuando llegó al pueblo, trató despectivamente á todo el mundo, y en particular á los indígenas, como él llamaba á los vecinos. Intentó modificar los cultivos de sus fincas, introduciendo novedades que sólo tenían confirmación experimental en otros países, y como un gran fracaso coronara sus intentos, desahogó en diatribas los despechos de su alma, respondiendo así á la befa del populacho. Entonces imaginó escribir cierta novela realista, acopio y trasunto d é l a s miserias de Villatuerta; esportilla de calumnias y maledicencias del lugar; y so pretexto de acopio de documentos humanos, como él decía, retrató del alcalde, exagerado, el audaz caciquismo, del secretario la rapacidad, del cura la avaricia, del maestro la rutina, del veterinario la grosería, de las mujeres las liviandades, de los hombres la rusticidad, y de todos la ignorancia, por donde resultó la novela un repugnante libelo. No pudiendo resistir sus ansias ocultas de ser pronto admirado y de buscar oyentes para su nueva obra, leyó algunos episodios de ella á los forasteros, que, esparciendo por el pueblo el estridor del escándalo, hicieron llegar la polvareda hasta la casa del alcalde, el cual citó al poeta, y una vez que le tuvo delante, comenzó á hacerle insinuaciones sobre la novela que había escrito. Procuró zafarse el autor, insistió el alcalde con la sagacidad y la astucia de los labriegos castellanos, elogiando y ponderando los méritos literarios de la novela, y asegurando, en fin, que sólo para deleitarse con lo escrito quería conocerla, perdonándole de antemano cualquier injusticia ó demasía que con él cometiera, porque de sobra sabía que era achaque de hombres públicos tener que sufrir y perdonar á los escritores tales desmanes. Seducido el joven con la aparente ingenuidad del palurdo, cayó en la tentación de ser admirado aun por aquellos mismos á quienes ofendía, y se comprometió á dar secreta lectura á su novela, siempre que no acudieran á escucharla otras personas que el alcalde y algunos individuos de la colonia veraniega. Así lo prometió solemnemente el monterilla, y por la tarde se reunieron en el Ayuntamiento el alcalde y varios forasteros, ante los cuales el joven modernista hincó el diente á aquella lectura. Cada vez iba enardeciéndose más el lector y esforzando la voz para hacer revivir su aluvión de procacidades, cuando de pronto, abriéndose una puerta que junto al estrado había, salieron en tumulto el cura, el veterinario, el maestro, el médico algunos concejales, que con las manos en alto y en ellas los garrotes, exclamaban iracundos: ¡E. sto es infame! ¡Esto no se puede tolerar! El poeta dio rm salto para guarecerse detrás del alcalde, que le había preparado tan ruin celada; los de la colonia procuraron esquivar el tumulto, en tanto que los indígenas agarraron al poeta y le sacaron á empellones al arroyo, gritando: ¡A la noria! ¡á la noria, como al comisionado de apremio! Con efecto, á un comisionado de apremio, el año anterior le habían condenado á dar vueltas á una noria, y de igual suerte al novelústa, sin escuchar sus lamentos ni haber piedad de sus carnes temblorosas, le ataron y uncieron al eje rotativo del artefacto, descargando sobre las espaldas de la bestia bípeda el redoble de sus varas de fresno. Entre las risotadas fieras de la multitud, el poeta dio un par de vueltas á la noria, vertiendo el agua bulliciosa de los arcaduces, fustigado por los palos y los garrotes; pero más dolido del ridículo que del castigo, se echó en tierra exclamando: ¡Matadme si queréis! Entonces el médico se interpuso, exhortó á las masas, apaciguó los ánimos, habló de la sensatez y generosidad de aquel honrado vecindario, imploró el perdón para la víctima, y mientras los ofendí- V K i