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EL VIEJECITO QUE NO SABÍA NADA p x i S T E N unos hombres profundaineüte s i m p á t i c o s éstos son unos hombres que saben muclias cosas y, sin embargo, parece que no s a b e n nada. Y existen otros hombres todavía más simpáticos: éstos son unos hombres que fueron grandes sabios, y á los cuales ya se les ha olvidado todo. Yo he conocido uno. ¿No os inspiran también una profunda simpatía á vosotros? Una gran desgracia, uua en fermedad larga ó seucillamen te el tiempo ha pasado sobre ellos y ha limpiado el espíritu de todas las vanidades y pompas mundanas, dejándole sereno, sosegado, transparente. Yo he conocido uno. Era un viejecito pálido, arrugado y limpísimo; llevaba siempre un traje negro 3 una corbata blanca; sus manos largas, finas y transparentes, manejaban un bastón de ébano, que tenía por puño un redolín de plata. Todos los días, cnando llegaba el crepúsculo vespertino, este viejecito entraba en ei jardín del Casino y se paseaba por la ancha alameda de plátanos, cerrada por dos rígidos setos de aligustres. ¿Qué había sido este viejecito. Yo no lo sé á punto fijo; tengo uua vaga idea de que había sido un sabio formidable: de que h a b í a revuelto muchas bibliotecas; de que había trafagado por el mundo; de que había aprendido tres ó cuatro ó seis idiomas; de que había desempeñado cargos considerables en la administración y en la política... Y ahora ya no era nada; á medio día, después de comer, una porción de señores del pueblo iban á su casa y hablaban con él, mientras sorbían el café á menudos sorbos en torno á la mesa del comedor. A la tarde, cuando se iba aproximando la noche, todos estos señores, que después d l café se habían dispersado por sus majuelos, por sus huertos ó por sus bodegas, volvían á juntarse de nuevo en las avenidas del jardín para charlar otro rato hasta la hora de la cena. Y todos paseaban en ancha, columna, lentamente, entre las dos ringlas de plátanos. El viejecito niarchaba en medio. La tarde iba muriendo; una suave claridad rojiza iluminaba el cielo por Poniente; las palmeras perfilaban á lo lejos su silueta rígida en el ambiente diáfano; una campana comenzaba á sonar el Angehis. Entonces, en el silencio del crepúsculo, la fina arena del paseo, que rechinaba bajo los pies, dejaba oir más fuerte su voz discreta, dulce, resignada. Y entonces era también cuando el viejecito sentía como unas ansias de evocar sus recuerdos. Y cuando él hablaba, dando golpes suaves con el bastón en el suelo, todos se paraban de pronto y se quedaban mirándole. Yo podría poner ahora en su boca algún pequeño discurso fantástico, como hacen los novelistas con sus héroes, pero no quiero. Esto sería como una profanación. Lo que sí recuerdo es que el viejecito, de rato en rato, cuando se hallaba engolfado en alguna de sus evocaciones, cuando se veía en el terrible trance de tener que citar una fecha ó un nombre, se detenía un momento... Todos callaban en x x profundo silencio; las estrellas comenzaban á brillar en lo alto. Y luego que el viejecito había hecho una breve pausa, durante la cual había estado buscando en vano en su cerebro ese nombre ó esa fecha, sonreía con una sonrisa suave, y decía: -Yo, antes sabía estas cosas; pero ahora ya no sé nada... Y todos tornaban á pasear tranquilamente. Y ahora, yo, cuando pienso en este viejecito que había sabido muchas cosas, pero que ya paseaba tranquilo y feliz entre los plátanos sin saber nada, digo: He aquí la bella ataraxia de los helenos. D I B U J O DE ESTEVAN J. MARTÍNEZ RUIZ