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CUADRO SEGUNDO EL REGRESO Comienza ya á anochecer. D. Pablo y Casio salen del Retiro por la puerta de la Independencia y bajan por la calle de Alcalá. Casio encuentra de vez en cuando un perro; se planta á mirarle; mira después á su amo; se acuerda del sermón, y si. gue adelante. Al llegar ante la verja del ministerio de la Guerra, la gente que vuelve de la Castellana se apelotona y el tránsito se hace difícil. De pronto, y entre aquel enjambre, D. Pablo, obligado por los empujones, tropieza con un individuo mal encarado, de tipo como de tratante ó de chulo de casa de juego, y le pisa. El hombre lanza una interjección é insulta gravemente á D. Pablo, que articulaba ya sus excusas. El dueño de Casio palidece de ira y contesta QF JJ VMí W i HH ronca á los insultos. Mf H H j P s HIBP B El otro alza un grueso basJ Kf í E S n JI H ton con barra de hierro por JB F Tf vt S iiVl dentro, y golpea en la cabeI B KÍ SH 3 za á D. Pablo. Rueda el soni I: SHH H iSfl brero de éste; saltan algunas gotas de sangre. La gente se arremolina éinterviene sujetando al agresor. La escena es tan rápida, que Casio, perdido entre el gentío, apenas se da cuenta de ella. Llegan unos guardias, y al ver la frente de D. Pablo cu bierta de sangre, conducen líl I H SÉS á éste á la Casa de Socorro. ií i kk. i I K f l Casio va con ellos mirando tristemente á su amo; en sus -mMí J reflejan una inquie fli HBl lk f l y dolor indecibles. W l H Casa de So b K H corro, se sienta D. Pablo en X Vn H K Bi butaca, y médico K reconoce la herida; es bastante extensa, pero no profunda; tan poco importante casi como la mordedura de Casio. D. Pablo está muy pando; el médico le anima mientras le cura; Casio le lame la mano silenciosamente. Terminada la cura, y ya vendado según arte, D. Pablo envía á buscar un coche de punto que le conduzca á su casa. Suben amo y perro al carruaje, y apenas arranca el vehículo, Casio se lanza sobre D. Pablo, le abraza, le besa, le lame, le acaricia, le estruj a con un desbordamiento de cariño infinito. ¡Basta, basta, loco! le dice cariñosamente D. Pablo; y Casio, dando aullidos nerviosos, torna á besarle, á lamerle, á acariciarle, á abrazarle, sin acordarse un momento del sermón del Retiro de aquel sermón que le echó su dueño y que con tanta ju. sticia le podía devolver. Pero ¡quia! el noble, el bondadoso perrazo no se acuerda de tal cosa. No sabe reñir, smo besar, abrazar, acariciar, querer querer siempre. ¡Qué había de decirle él á su amo herido, con cierta dignidad amarga: Ahora echemos nuestras cuentas, amigo D. Pablo Le besa, le acaricia, le abraza, le lame, con el alma en los oios en la húmeda bocaza, en las nerviosas patas, en todo el cuerpo estremecido por una vibración poderosa de cariño. Y así llegan á su casa: el perro sin hartarse de acariciar á su amo, y este diciendole casi con lágrimas de ternura y gratitud: ¡Basta, basta, loco! Los dos heridos, los dos desengañados de los canes y de los homljres, pero mas generoso, mas noble y más humano el perro; y por eso se titula este sencillo Teatro de la vida Casio ó la bondad. J O S É DE ROURE DIBÜ. IOS D E MÉNDEZ REINGA