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ncima colno si le abragolfo se revuelve airasobre Casio y le niuernte en el cuello. Don a á todo correr, y con alto sobre el grupo de s, va pálido y echando se queja, más que del jrdedura, de la ingraver venir á D. Pablo, 2 ce, volviendo de vez asustado y amenazaí Casio, le examina la ira: ¡Bien empleado ¿Quién te manda á ti os? Casio le mira tris: pre de mal humor, le iimo, pide un vaso de) tas de aguardiente, y nedecido en el líquido, erida. No es nada, un acientemente la cura. ínos golfillos que han ichichean y se ríen. La lués de ejercer de prac, Q del perro y cobra caro. Uno de los golfillos se acerca al descuido, coge el vaso de agua con aguardiente que ha servido para la operación, y se lo bebe. I a aguardentera lo nota y le increpa. Los golfos le responden llamándole cosas que no pueden escribirse. Ella le saluda con otras referentes á sus madres y aun á la integridad de sus propias personas, que tampoco pueden estamparse. D. Pablo y Casio emprenden la subida hacia el Retiro. D. Pablo siempre con el ceño fruncido, Casio marchando á su lado muy humilde, muy sumiso, muy formal, algo triste. Entran en el parque por el Parterre, ganan uno de los paseos laterales altos. D. Pablo se sienta en un banco de piedra j- Casio en el suelo, frente á frente de su amo, y éste, sin desarrugar el entrecejo y con cierta dignidad amarga, dice: D. PABLO. -Ahora aliemos nuestras cuentas, amigo Casio. Me has dado un verdadero disgusto. Nunca creí qvie un perro tan bueno y tan bien educado como tú se fuera á desafiar á los perros golfos, sucios y haraganes que pasan por la calle. ¿Que no fué desafío, sino, por el contrario, deseos de trabar amistad? Pues tampoco te vale la disculpa, aunque ella patentice tu candidez. La amistad, Casio, no existe entre los perros, como no existe entre los hombres; y sobre todo, nadie debe buscarla sino con sus iguales. Un perro bien criado y de tus condiciones, no puede ser amigo de un perrazo sin dueño y maloliente como el que te pegó el mordisco. ¿Me has visto á mí fraternizar con el carbonero ó con el pobre de la esquina? Demasiado sé que en los actuales tiempos se hace gala de cierta flojedad en este punto, bajo la influencia sin duda de esas teorías socialistas que tú no entiendes ni yo tampoco. (En este momento pasa volatido un mirlo, y d Casio, qzíe ha escuchado atentamente y fija la vista en su amo las anteriores palabras, se le van los ojos tras el volátil, con lo qzíe pierde sin duda el hilo del discurso. Pero entiéndaslas ó no, me parece que van produciendo grave daño, porque en nuestra sociedad nadie está ya en supuesto. jNí los perros siquiera! Aprende con lo que hoy te ha sucedido á no solicitar el trato más que de tus Iguales. Rehuj e cuanto puedas la comunicación con los demás; ni para, bien ni para mal los busques; y si acaso ellos te buscaran á ti, rehúsales suavemente tu amistad, si suavemente te la solicitan; pero si te insultan, te ofenden ó te amenazan, desprecia dignamente sus amenazas y sus ladridos, sin contestar á aquéllas ni á éstos; reflexiona que proceden de gente ineducada, zafia y de baja extracción social; e n v u é l v e t e en u n d i g n o silencio, y p a s a (Casio, comprendiendo qzie ha concluido el sermón, se levanta y echa sus manazas cariñosc ¿viente encÍ 7 na de su amo, como asegurándole qzie obedecerá escru. pvlasamente sus 7 nandatos, Don PaMo desarruga el ceño, sonríe y exclama) IÉÚ 10 X é. corv x, á j u g a r! (Elperro pega tm salto de alegría y se lanza en busca de los mirlos, mieiztras szi dueño le dice) ¡Pero q u e n o s e t e o l v i d e el s e r m ó n! Pasean ambos por el Retiro disfrutando de aquella magnífica tarde.