Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-Sí, -afirmó una voz. El Raposin rompió su jarra en la cabeza del que liabia hablado, dio un salto hacia atrás, abrió su navaja, y espero arrogante, firme. Seis mozos fornidos le acometieron con sendas armas, pero él, felino y agil, huía el cuerpo evitando los golpes, atisbaba los descuidos, revolvíase rápido, tornábase amenazador ora á un costado, ora al otro. Al cabo de unos minutos tendió en tierra á un contrario. I,o s demas huyeron, y se decían en su fuga: Es un criminal. Es un bandido. No hay más que verle. Y no volvieron a molestarle. Desde entonces le rodeó sorda hostilidad por todas partes. Esto no le dolía al Raposin. Dolíale más el desamor de su familia. I, a víspera de casarse su nieta, juntó sus ahorros para comprarla un corro de corales. Al ofrecérselo, suplico con voz estremecida: ¿Me dejarás entrar en tu casa? Soy un pobre viejo. Cumplo setenta v seis años pa Agosto. La nieta se emo cionó. -Güelo: usté sabe de sobra que no puede ser. El pue fcsf; blo dice... -El pueblo... el pueblo... ¿Tú... haees caso de eso? -No. Yo, n o Pero no llore usté. fV En esto llegó el novio, un zapatero inconmovible j brutal. l vi- ¿Quéhacesahí, Raposin? Hipócrita. Ya sé lo que quieres. No era mala f. ganga para ti. Nunr. ca pondrás los pies en mi casa. w No se cumplió la W profecía. El v i e j o gastaba todas sus r ganancias en regalos p a r a la nieta. El marido llegó á ablandarse; lo recibía d e v e z en cuando. Tuvieron i u n hijo. E l Raposin, enternecido con su t r i p l e paternidad, ungió con lágrimas joviales á su biznieto. Quiso ser su padrino. El zapatero se enfureció, pero las dulces súplicas de la madre a p a c i g u a r o n sus iras. -Tienes que confesarte, -le dijo al abuelo. ¡Me confesaré, me confesaré! ¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas? El anciano no respondió. Estaba encarnado, mirando- 3 al suelo. En el bautizo estuvo á punto de perder el sentido. Temía que se deshiciese entre sus manos calludas ly seniles la leve figurilla del recién nacido. Ee pareció una atrocidad el acto de derramar agua fría sobre el cráneo tierno y untar de sal la boca en capullo. No atinaba á vocalizar las palabras simbólicas del rito romano, ni pudo percatarse, en su aturdimiento, de la inquietud de los monaguillos al acercarse á s u ya legendario cuerpo de bandido y criminal. ¿Sabes lo que se me ocurre? -dijo un día el zapatero á su mujer. -Que tu abuelo, con los años que tiene, va olvidando sus malas mañas. ¿Tú notas que te falte algo? -Al contrario. Cuanto gana, tanto me da. -Podíamos tenerlo en casa y que deje sus periódicos. Eso no. Los periódicos nunca pudo dejarlos. Alas horas de tren, entre la batahola apresurada d é l o s viajeros, podía vérsele con su biznieto en brazos, protegiéndole los días lluviosos con el enorme paraguas verde con franjas bermellón y varillas doradas, gritando con voz cada día más tremante y cascada: iEl Correo... La Opinión... ¿Quien lo quiere? Eos labriegos de Cenciella decían al verlo: Ese viejo raposo ya encontró lo que quería: vivir de guagua. S RAMÓN PÉREZ DE AYAEA DIBUJOS DE MÉNDEZ BEINGA