Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL) P APOSíN A las horas de tren, sobre la batahola apresurada de los viajeros, flotaba siempre su voz tremante pregonando- ÍEI Correo... La Opinión... el Heraldo... ¿Qtiién lo quiere? ¡Que buena prova v buen provecho le... Era un viejecito menudo, flaco, vivaz. Aguda inteligencia retozaba en sus ojuelos. En el pardo oleaje del rostro arrugado vagaba una brisa entre socarrona y amarga, dándole movilidad y expresión. No tenía las facciones secas, acartonadas y sarmentosas como otros viejos, sino blandas, aunque enjutas, llenas de jugo, dóciles al gesto: la barba prominente y rotunda, purpúreos los labios, la nariz recia y borbónicaV descarnadas las mejillas, morena y rojiza la piel. Parecía una cabeza dibujada por Leonardo de Vinci. Vestía un traje de tela azul ultramar. Los zapatos eran de lona con punteras de badana, el sombrero de paja tostada. Por debajo de la faja, junto á la mano izquierda, llevaba los periódicos á guisa de espadín. El chaleco desabotonado por arriba descubría la camisa, muy blanca, y ésta á su vez la. camiseta de color crudoV Era pulquérrinio. El mismo lavaba su ropa y encarecía con deleitación su aseo. Los días de lluvia calzaba las ferradas almadreñas j abría su enorme paraguas verde fcon franjas rojas y varillas doradas. Después de marchar el último tren, volvía á Cenciella por la vía de Langreo, canturreando entre dientes sus pesadumbres en un aire del país, melancólico y dolorido. Porque el Raposin arrastraba una vejez cargada de pesadumbres. Vivía solo, en un vetusto caserón destartalado y ruinoso. No podría decirse si esquivaba á sus convencinos, ó ellos á él. Nunca había salido de Cenciella, y sin embargo, su vida estaba envuelta en sombras de misterio, en medrosas tenebrosidades. El i? ííiio -decían los padres á los hijos sigilosamente, infundiéndoles temor- -ha sido el mas terrible bandolero de estos contornos A seguida de llegar u n forastero, D. Ataúlfo, el párroco le contaba la historia del forajido. -Pero ¿es posible? -decía invariablemente el oyente, á guisa de comentario- -un vieiecito tan agradable, tan simpático, tan limpio... -Pues ahí ve usted... Decir sus maldades sería el cuento de nunca acabar. Por lo común, ha elegido para sus tropelías á la gente de iglesja, curas, frailes, y demás. Cuando estaba en el palacio de Mierosas; fray Ángel Arenero dando fin á una obra de filosofía, presentóse una noche el Raposin, robóle setenta onzas de oro y le hizo tales amenazas, que el bendito padre nunca se atrevió á declarar en contra de el. -Quizás no fuese el autor. ¿Pues no había de ser, señor... Dígame entonces: ¿de dónde iba á sacar, sino era de sus robos, los veinte mü duros que llegó á tener en una ocasión? Pero Dios castiga sin palo ni piedra. Al poco tiempo contrató los consumos de Siero y quedó sin un céntimo. ¿Alguna vez se han podido probar sus fechorías? -Eso nunca. Buen pez está. Siempre hacía la coartada. Tenía una yegüina alazana que bebía los vientos. Figúrese usted si será gandul, que su familia no quiere tratarlo á pesar de ir siempre él con hipocresías para vivir de guagua á su costa. -Tiene familia, al parecer... -Ya lo creo. Una hija y nietos ya mozos, u n a de las nietas pronto se ha de casar. La aue él más quiere. Decir, todos decían que era un bandido, pero nadie podía afirmarlo á ciencia cierta. Iba en oca. siones por las tabernas y lagares. Sentábase aislado del bullicio, ante el jarro lleno de sidra, y dejaba correr las horas, mudo, con su eterna expresión entre amarga y socarrona. En un tiempo le azuzaban, le zaherían con bárbaras alusiones... -Vamos, que la yegüina alazana... -De buena libraste cuando las onzas s. ú. flaire... ¿Pa qué te sirvieron los seis mil ríales del párroco de Arguelles... BX Raposin sonreía enigmáticamente. A veces daba flemáticas respuestas, que eran burlas llenas de ironía. Cuando las insinuaciones se concretaban, heridoras en su tosquedad, borrábase en el rostro del viejo la sonrisa, la barbeta le temblaba, las mejillas se le empalidecían. ¡Dejadme! ¡dejadme! ¿Qué mal os hice? ¿Os he llevado algo Los labriegos murmuraban entre sí: Es un viejo raposo. Nunca cantará. Es un viejo raposo. De aquí su apodo rapaz. Un día trataron de emborracharle. Lo consiguieron, pero no cantó. -Habla, raposo viejo, habla, ¡Dejadme! ¿Os he robado algo?