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m 1 sol, el l a g a r t o h a í a lo m i s m o t a n enilebecido y a b i s m a d o qut: pur delante de él se pa, seaban los gusanillos y los moscardones albergados en unjazmm que orlaba la fenestra, y el lagarto, quieto como un cadáver. JN O comían ni el lagarto ni su protector y amigo; era cierto, indudable; no comían, y cada vez estaban más espiritados y macilentos. Los neófitos partidarios de fray Vicente decíanse unos á otros que el santo varón se mantenía de raj- os de sol y de luna, alimento cuya eficacia desconocen los hombres hylicos ó materiales, pero que es el propio de los hombres espirituales y contemplativos, que han arrojado lejos de sí toda escoria humana. Una habladuría de éstas llegó á oídos del prior, y bastó para que sus sospechas se convirtieran en convicciones seguras. Era indubitable que el P. Manes, llevado de un excesivo desprecio á la carne, había incurrido en el detestable y nefando error de los maniqueos, del que en España quedaron raíces hondas y no muertas del todo desde los tiempos del activo heresiarca Prisciliano. Esta persuasión llenó de abrumadora melancolía el ánimo del padre prior; pero fuerte en su fe, no vaciló ni un momento, y se decidió á proceder con la energía requerida por el caso. Reunió en cabildo secreto á todos los frailes no contaminados por el error, y hallábase ya resuelto á arrojar á los podridos miembros de la comunidad, cuando un suceso extraordinario é increíble sobrecogió al convento. Hallábase el P, Vicente, como de costumbre, engolfado en la contemplación del sol una tarde abrasadora de Julio, cuando el lagarto, que también miraba al astro del día, comenzó súbita y prodigiosamente á crecer, á crecer, hasta ser como un perro, y luego hasta ser como un caimán de horrorosa catadura. Mudo y paralizado por el terror, fraj- Vicente Manes vio cómo la espantosa fiera contra él se revolvía, y le fascinaba con sus ojos terribles, y le clavaba las garras y, en fin, le hincaba en el cuello ambas hileras de dientes. El cadáver, trémulo y cálido aún, del fraile quedó en la celda, y zafándose de ella el monstruoso saurio fué penetrando rápido, espumajeante, lanzando fieros rugidos y dando terribles coletazos, en las demás celdas de los siete ú ocho frailes catequizados por el herético fray Vicente. El espanto y el pánico dominó á los frailes, que locos de miedo huían por los claustros, mientras el temeroso animal, ensang- rentadas las fauces, llameantes los ojos, se enseñoreaba del patio del convento, lanzaba inauditos rugidos... Entonces ocurrió una cosa sublime. Mientras los aterrorizados monjes se apiñaban y acurrucaban contra las arcaturas del claustro, haciendo por ocultarse, el anciano prior, revestido de pontifical, en la mano el santo hisopo, avanzó solo, impávido, resuelto, por el jardín, cara á cara de la fiera, diciendo, mientras trazaba en el aire cruces de agua bendita: Yo te conjuro, espíritu maldito; j- o te conjuro, endemoniado persa; yo te conjuro, Manes, que habitas en el cuerpo de esa bestia... Y no había pronunciado tres veces la palabra anathema, cuando el caimán quedó muerto, inmóvil, cual si de piedra fuese. Acercáronsele, aún temblorosos y jadeantes, los monjes, y por mandato del prior le clavaron, como clavan los chicos á un murciélago, en la pared del pórtico. Y allí está para escarmiento de herejes y edificación universal. LEMA: H O M A I S DIBUJOS DE REGIDOR (WÚMF. RO 17 DE TsL E. STRO CONCURSO DE C U E N T O S FANTÁSTICOS) t