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bían salido pasmados haciéndose lenguas de la inagotable erudición y del persuasivo razonar del buen padre. Contábase que en cierta ocasión un gran señor francés, tachado de hugonote, vino á Villafranca de los Barros, seguido de lujosísimo cortejo de suuiillei- es, edecanes y lacayos y llevado en magnifica litera incrustada de oro, porque el buen señor estaba tan obeso que no podía resistir la fatiga del cabalgar, ni casi andar á pie. Corrió la voz de que á aquel hombre le dominaba la gula, y es lo cierto que fuesen él ó todos los de su séq. iito los glotones, su paso aclaró considerablemente los nutridos gallineros de Villafranca de los Baños. Viéronle ir en litera hasta el convento, entrar trabajosamente en él, apoyado en un recio aj- uda de cámara bretón; al pobre señor, tres papadas rojas le colgaban sobre el pecho como las carúnculas de un pavo, y por detrás el pestorejo le sobresalía media cuarta por cima de la gorguera. ¡Cuál no sería la elocuencia de fray Vicente Manes, que al salir de una disputa teológica con él, la cual duró catorce horas, el gordísimo señor hugonote había perdido sus tres papadas, toda la ropa le venía ancha y saltaba de gozo y de ligereza, y suelto como un chiquillo recorrió el ámbito de la iglesia andando de rodillas y haciendo extremadas genuflexiones ante cada uno de los altares! Después de lo cual se volvió á su tierra más católico que la patena del Santísimo Padre. Cuéntase este milagro para mostrar si andaba ó no en lo cierto la voz pública al decir que el buen P. Vicente Manes no comía ni dormía. Y á la verdad que en cuanto al dormir, los novicios y legos del convento contaban haberle visto muchas noches de codos en la ventana de su celda contemplando, inmóvil y extasiado, el disco de la luna horas y más horas, cual si quisiera alunarse como las mozuelas enamoradas, y notábasele en el rostro un reflejo plateado y melancólico que no á otra causa podía atribuirse. En cambio, otras veces, en primavera y verano, pasaba también el día entero en la misma postura mirando al sol, ni más ni menos que las tortas de los girasoles que había en la huerta; y nadie se explicaba cómo era posible, de no ser cosa de milagro, estarse quince ó dieciséis horas con los ojos abiertos frente por frente á aquella espantosa luminaria que es el sol de Extremadura en verano, que h a y poco. s, aun entre los más mozos, que puedan resistirle cara á cara arriba de un minuto ó dos. P o r eso algunos malos descreídos, que nunca faltan, le habían puesto al santísimo fraile el remoquete de el Padre Lagarto; y á veces, sin duda, por los ayunos ó quizás porque entre las fieras mortificaciones con que se castigaba estuviese también la de herirse y macerarse el rostro, lo cierto es que su cara parecía verde como la cabeza de uno de esos buenos animalicos, á quienes las mujeres tienen miedo, porque las mujeres aunca temen á la maldad verdadera y se asustan de un ratón ó de una lagartija y no se asustan de... ¡Dios me perdone lo que iba á decir! Pero ¿qué extraño es que hubiese quien murmurara del bendito fraile, si en el mismo convento, entre sus hermanos de religión, se formaron dos partidos: nno que atacaba á fray Vicente, y otro que le defendía 3 seguía sus ideas y su manera de vivir? Santo hombre era el prior; pero desde que el padre Vicente comenzó á adorar ó contemplar extáticamente á la luna 3 al sol, las sospechas más tristes nublaron el ánimo del viejo fraile. Aumentólas el haber sabido que en la celda de fray Vicente vivía un lagarto, al cual consagraba el padre todo su cuidado y atención. Era un animalejo gracioso, verde, con ramalazos negros á lo largo del lomo. Decían los chismosos legos, que en tanto el P. Vicente estaba contemplando