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FIGURAS I SPAVOLAS LAS i C A M P E R A S í LEVANTINAS p s T A pequeña cindatl levantina n o es a d u s t a como las viejas cjudadcs castellanas. H a aacido de ín. T aldea m o n m a h. is casan están emL. -JÍdosadas con grn iidos losas blaiicas: tienen sillítas de esparto y m e s a s de pino bajitas; liay en ellas ur: cantarero y lui amasador; del techo de lú entrada p e n d e n n a cnna hecha de esparto- -bl í tí, -que Vii y viene ííuaveniente míentraís a m a d r e canturrea. Hl pnebTo cstA asentado en las laderas d e dos cerros; en ijno se levanta una ermita con su cúpuía cubierta de tejas azules; en el otro se perfila s o b r e el ciclo diáfano un recio paredón rojo, dorado, lesto d e un castillo morisco. Las viñas extienden á lo lejos, cutre p e q u e ñ o s alcores rojizos y ¡grises, la v e r d e sábana de los pámpanos; u n a ringlera i alt s coíínas y e n u a s radi intes, cierra la vista. El ciclo es d e añil intenso: las casají se destocan con t e d a la pureza de sus lineas; el sol reverbera en cegadoras luudnarias. Al final de las suaves laderas del pueblo er lájl uuos bancales de verde obscuro; las casas se detienen j u n t o á ellos, vueltas d e espaldas, cnu liuertceillos de i ranados, laureles, ciprescs cnoriues, seculares, y palmeras qiie mecen b l a n d a m e n t e sns ramas cnr as. Y en el largo t a p i a l d e los h u e r t o s d e estas casas, lüdüs unido? aparecen d e trecho cu trecho anchos balcones con barandilla d e uiaderat á los f uc se asoman mujeres enlutadas, V otros hombres también enhiLitlos se sientan allí cerea en unas p i e d r a s blancas q u e bordean un camino. Yo dirc q u e son unos viejos m u y viejos, y q u e vienen á sentarse x estas píednis. lentamente, cu los claros mediodías del invierno 6 en los s n a v c s crepúsculos vespertinos del verano, Y c u a n d o se han s e n t a d o discuten con reposo. T o d o está en silencio; los gallos cantan; suenan las herrerías; el reloj lanza sus horas implacables, y un viejo telar coreano marcha, marcha con s u ruido monótono: tric- frn. tric- trac. trk... y si salis d e l a ciudad y echáis por la carretera arriba, arriba h a c i a la montaña, encontrarais v e r d e s 3 suavtíi viilcduíif llantis rojizO í de seihbi advira, casas blancas, p e q u e ñ a s y solitarias, casas a y n i p a d a s til poblados y cercadas d e cortinales. Acaso, si Hedáis por la mañana, hallaréis u n a buena vieja que barre a n t e la puerta; acaso si llegáis por la tarde la eneontrar ís sentada bajo u n a hijíUcra hacienda media, EfiLas b u e n a s mujeres son las eaniperas- Yo veo á las Camperas cómo transcurren por los caminos m o n t a d a s en s u s burras, ó m e t i d a s en estos carros q u e c a m i n a n t r a q u e t e a n d o cou un ruido aouoro: van vestidas de negra; son limpias; se apoyan en uno de esos girandes paraguJis a -ules que tr. c de Oran los segadores. Viven en estas casas q u e se llaman la Umbría, la Fontana, la Alquebla. Ciiv; i r; a. BnitreiEi, Almorqui. H a d a r a e! Collado, el Chinorlct. L a s viñas e x t í t n J e n w tapiz verde alrededor d e la. j bhincas paredes; u n a Itima parda eleva su seno t n 1 lejanía; cruza serpenteando nn camino amarillo entre los p á m p a n o s Y d e l a n t e de la casa h. y lilla jii nicra, y íil ñe, puestas en cazuelas rota u n a s plantas de alelíes blancos y de albíLhaca-